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Antiguía de Florencia

Irene Zabaleta

Llegas a Florencia con tu guía de bolsillo y un plan de visitas más o menos organizado. Un mero conjunto de previsiones, en realidad. Aún así, has confeccionado una lista y cuentas con la tenacidad del turista de agosto para agotarla.

Te interesa conocer la escalera diseñada por Miguel ngel para la Biblioteca Laurentiana. La guía afirma que “constituye un intento revolucionario de dilatación del espacio”. Tú estás convencida de que, si la ves, las posibilidades de comprender esa frase también se ampliarán. Entonces te acercas hasta San Lorenzo y compruebas que la biblioteca está cerrada por obras. Lo mismo te sucede con la perspectiva de la “Trinidad” de Masaccio en Santa María Novella y con el Perseo de Cellini en la Loggia dei Lanzi, al que querías contemplar porque te había gustado la historia de su fundición: a ver en qué pie, en qué hombro, dónde estarán los cubiertos, dónde los vasos de estaño.

Curiosamente, algunos de los lugares que menciona la guía sí están abiertos. En ellos te puede suceder otro tipo de cosas.

Decides visitar la sinagoga. Desde lo alto del Forte di Belvedere, –sumergida entre los colores terracota y ocre–, has descubierto sus cúpulas verdes con forma de cebolla. Sabes que sus orígenes se remontan a una disposición de Víctor Manuel relativa a la ciudadanía y a la tolerancia y a la libertad. Cuando llegas, sin embargo, te exigen que dejes la cámara, te obligan a cubrirte la espalda que no llevas descubierta con un chal y, ya en el interior, te prohíben pasar por determinados sitios que, en apariencia, son transitables, de modo que la advertencia llega siempre tarde en forma de un “No” incisivo y rotundo pronunciado por la señorita encargada de dar la conferencia didáctica incluida en el precio de la entrada. Te acercas, te sientas, escuchas. ¿Cuántos idiomas habla? Te acuerdas del camarero que la tarde anterior te sirvió una cerveza fría en el Lungarno después de haber pasado más de dos horas buscando una casa de estilo modernista (Liberty, estás en Italia). Hablaba tres idiomas y tú pensaste que te gustaría ser camarera. “No”. A cada momento llega gente. Te cruzas sobre el pecho el chal que el viento de la pradera agita y aparece ante tus ojos un amanecer sobre una colina y qué aire más puro que se respira en el campo. “No”. Entonces miras hacia el techo y le encuentras reminiscencias orientales (esas letras hebreas que se parecen tanto a las árabes) y el chal, que ahora es de gasa, se desliza un poco descubriéndote el hombro y ya puedes oír el agua de la fuente en el interior del patio desde una de las habitaciones en penumbra en la que inventas cuentos para él. “No”. Está sonando tu hora de irte, aún te queda por visitar el museo que se encuentra, como todas las cosas en Florencia, al final de una empinada escalera. A ti las piernas ya no te duelen, apenas si las reconoces como propias.

Por la tarde vas a la iglesia de Santa Croce a ver la tumba de Miguel ngel y el monumento a Maquiavelo y... un señor te detiene a la entrada para informarte que no puedes pasar si no te cubres. Tú, que siempre vas cubierta, le preguntas a qué se refiere. Se refiere a que no llevas mangas (es agosto). ¿Y dónde está el hermano gemelo del cubo con chales de la sinagoga? Circulando por la iglesia. Detrás de ti, tres mujeres esperan a que devuelvan uno. La primera viste una prenda de punto con cuello alto pero sin mangas. Le preguntas al guardián de la puerta. “¿Cuál es el problema de no llevar mangas?” “Que no se puede”. “¿Por qué no se puede?”, insistes. “Porque es un templo”. Echas una mirada al interior del templo y descubres la figura de un hombre semidesnudo, con los costados abiertos y una corona de espinas torturándole la frente.

Sin embargo, todavía pueden pasarte más cosas. Por ejemplo, que decidas visitar alguna de las villas que se alzan en las afueras de Florencia y cojas el coche y el mapa, y elijas el camino de la derecha justo en ese cruce donde no te indican nada y que comprendas, al cabo de un buen rato, que debiste haber tomado por el de la izquierda y se han hecho, sin querer, las tres de la tarde y tienes hambre (spaghetti-tortelloni-tagliatelle-ravioli-chianti) y empiezas a hacerte preguntas peligrosas, tales como: “¿Para qué quiero conocer la villa de Poggio a Caiano?” o “¿A qué he venido a Florencia?”. Entonces decides no hacerte más preguntas hasta después de comer, pero “¿y dónde comemos?”. “¿Y cuándo?”

Puede ocurrir, incluso, que decidas dar un paseo al atardecer por el Ponte Vecchio y que, acodada en la barandilla, te demores en la visión del río y del viejo que parece dirigir su bote hacia un embarcadero a fuerza de hundir algo con forma de pértiga en el Arno, y que te preguntes: “¿cómo habrá remontado la corriente sin motor, ni remos?”.

Podría suceder, entonces, que la belleza de la hora te reconciliara con Florencia.


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