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El cazador de escalofontes

Juan Alcover-Aguilar

Hubo alguna vez, hace ya mucho tiempo, un poderoso reino compuesto de siete talamantes, cuatro dilipendios y, si la memoria no me falla, ochenta y seis cuartogones (tracuteados, por supuesto). Magnífico en su concepción y, sin embargo, erigido con solemnidad, dominaba cómodamente el horizonte desde su privilegiada ubicación.

Mas no todo era felicidad y albedrío en tan bello paraje, pues sus indefensos moradores sufrían desde tiempos inmemoriales el acoso continuo del escalofonte Eleáboro, que gabuzaba sin piedad a todo aquel que osara penetrar en sus dominios. Su contemplación calmeniaba; su fagotante, también.

Un buen día, martes según las míticas crónicas del emperador Kogoyud, levantose el soberano del reino, Pantacleón VII -de la añorada dinastía Khung Huo- con un turbio dilema moral y una necrofagia refelitante.

-¿Debo organizar el desposorio de mi hija, la virginal Taclioterpidiela, cuya hermosura es sólo comparable al vuelo del plento de pico pardo, o por el contrario resolver las disputas de mis súbditos, ¡qué altanera fidelidad la suya!, con el teclampinoso Eleáboro?.

Esperó el soberano una respuesta durante varios años, mas ésta nunca llegó. La reina, que se crió en una familia de paliblecianos esteparios, dormía plácidamente en su lecho de gladiolos corruptos. Flextigón, el fiel dromedario de compañía, había muerto pocas horas antes de su nacimiento de una fuerte depresión renal. Y así fue como el soberano del reino, Pantacleón VII -de la añorada dinastía Khung Huo- tuvo que decidir por sí mismo, desafiando las rígidas leyes establecidas varios minutos antes por Mogoff "El Rudo", y obteniendo a cambio el desprecio de generaciones posteriores.

Comunicó su trágica decisión al octogenario capellán, que hizo llamar al cazador de escalofontes más grande de la historia, leal continuador de la tradición familiar y único en su profesión. Pero no por ello olvidó el capellán noclear la rafela por espacio de catorce años, siete días y veintitrés minutos.

-Estas son mis órdenes, efebo Yabadaba, que saludas al viento cuando alborea la mañana -anunció con alegre gravedad y gesto iracundo el soberano del reino, Pantacleón VI, cuyo celímero origen ha quedado ya suficientemente claro. -Combatirás y darás muerte, honorable si se precisa, al tangerino Eleáboro. Y como premio a tan monumental proeza, recibirás en sagrado matrimonio a la virginal Taclioterpidiela, cuya hermosura es sólo comparable al vuelo del plento de pico pardo.

El efebo Yabadaba, que saludaba al viento cuando alboreaba la mañana, se sintió tan felizmente deprimido por su misión que decidió celebrar una gran fiesta con sus familiares y amigos más cercanos. Acudieron los hermanos Trimerfontes, de la lejana cordillera de Gu; el clan de los Monichetti, que por primera vez en su existencia abandonaban su hogareño poltimanco en la inexplorada depresión de Caurzze; las trece tribus antropófagas de la selva oriental, acompañadas por trescientas cuarenta y siete mil familias numerosas, pues preferían la comida casera; doscientos treinta y nueve primos hermanos con sus esposas e hijos, que vivían en una pequeña y confortable cabaña junto al mítico mar del Cintel, y muchos más ilustres viajeros que, por comodidad, evitaremos relacionar.

El efebo Yabadaba, que saludaba al viento cuando alboreaba la mañana, acudió a su cita con el escalofonte tras la monumental algarabía, que duró diecisiete años y catorce minutos.

-Estoy aquí para destruirte, con honores si se precisa -murmuró Yabadaba.

-¿Por qué tú, que saludas al viento cuando alborea la mañana, y que recibirás en sagrado matrimonio a la virginal Taclioterpidiela -cuya hermosura es sólo un desafortunado error de la naturaleza-, te atreves a turbar mi hufelino descanso con ridículas amenazas de sufrimiento y destrucción? -contestó Eleáboro, que yacía en estado catatónico reversible.

-Porque mi gallardía no conoce límites -dijo Yabadaba, que sufría insomnio y detestaba saludar al viento cuando alboreaba la mañana.

-¿Nomideas pues?.

-Desde que soy hombre de pelo en pecho, tal y como promulga la centenaria sabiduría popular.

-Hágase pues la voluntad de los hombres que desafían a la vida con cadenontia frialdad y sin temores infundados -dijo el escalofonte, y murió en el acto.


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