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Hubo alguna vez, hace ya mucho tiempo, un poderoso
reino compuesto de siete talamantes, cuatro dilipendios
y, si la memoria no me falla, ochenta y seis cuartogones
(tracuteados, por supuesto). Magnífico en
su concepción y, sin embargo, erigido con
solemnidad, dominaba cómodamente el horizonte
desde su privilegiada ubicación.
Mas no todo era felicidad y albedrío en tan bello
paraje, pues sus indefensos moradores sufrían
desde tiempos inmemoriales el acoso continuo del
escalofonte Eleáboro, que gabuzaba sin piedad
a todo aquel que osara penetrar en sus dominios.
Su contemplación calmeniaba; su fagotante,
también.
Un buen día, martes según las míticas
crónicas del emperador Kogoyud, levantose
el soberano del reino, Pantacleón VII -de
la añorada dinastía Khung Huo- con
un turbio dilema moral y una necrofagia refelitante.
-¿Debo organizar el desposorio de mi hija,
la virginal Taclioterpidiela, cuya hermosura es sólo
comparable al vuelo del plento de pico pardo, o por
el contrario resolver las disputas de mis súbditos,
¡qué altanera fidelidad la suya!, con
el teclampinoso Eleáboro?.
Esperó el soberano una respuesta durante varios
años, mas ésta nunca llegó.
La reina, que se crió en una familia de paliblecianos
esteparios, dormía plácidamente en
su lecho de gladiolos corruptos. Flextigón,
el fiel dromedario de compañía, había
muerto pocas horas antes de su nacimiento de una
fuerte depresión renal. Y así fue como
el soberano del reino, Pantacleón VII -de
la añorada dinastía Khung Huo- tuvo
que decidir por sí mismo, desafiando las rígidas
leyes establecidas varios minutos antes por Mogoff
"El Rudo", y obteniendo a cambio el desprecio
de generaciones posteriores.
Comunicó su trágica decisión
al octogenario capellán, que hizo llamar al
cazador de escalofontes más grande de la historia,
leal continuador de la tradición familiar
y único en su profesión. Pero no por
ello olvidó el capellán noclear la
rafela por espacio de catorce años, siete
días y veintitrés minutos.
-Estas son mis órdenes, efebo Yabadaba, que
saludas al viento cuando alborea la mañana
-anunció con alegre gravedad y gesto iracundo
el soberano del reino, Pantacleón VI, cuyo
celímero origen ha quedado ya suficientemente
claro. -Combatirás y darás muerte,
honorable si se precisa, al tangerino Eleáboro.
Y como premio a tan monumental proeza, recibirás
en sagrado matrimonio a la virginal Taclioterpidiela,
cuya hermosura es sólo comparable al vuelo
del plento de pico pardo.
El efebo Yabadaba, que saludaba al viento cuando
alboreaba la mañana, se sintió tan
felizmente deprimido por su misión que decidió
celebrar una gran fiesta con sus familiares y amigos
más cercanos. Acudieron los hermanos Trimerfontes,
de la lejana cordillera de Gu; el clan de los Monichetti,
que por primera vez en su existencia abandonaban
su hogareño poltimanco en la inexplorada depresión
de Caurzze; las trece tribus antropófagas
de la selva oriental, acompañadas por trescientas
cuarenta y siete mil familias numerosas, pues preferían
la comida casera; doscientos treinta y nueve primos
hermanos con sus esposas e hijos, que vivían
en una pequeña y confortable cabaña
junto al mítico mar del Cintel, y muchos más
ilustres viajeros que, por comodidad, evitaremos
relacionar.
El efebo Yabadaba, que saludaba al viento cuando
alboreaba la mañana, acudió a su cita
con el escalofonte tras la monumental algarabía,
que duró diecisiete años y catorce
minutos.
-Estoy aquí para destruirte, con honores si
se precisa -murmuró Yabadaba.
-¿Por qué tú, que saludas al
viento cuando alborea la mañana, y que recibirás
en sagrado matrimonio a la virginal Taclioterpidiela
-cuya hermosura es sólo un desafortunado error
de la naturaleza-, te atreves a turbar mi hufelino
descanso con ridículas amenazas de sufrimiento
y destrucción? -contestó Eleáboro,
que yacía en estado catatónico reversible.
-Porque mi gallardía no conoce límites
-dijo Yabadaba, que sufría insomnio y detestaba
saludar al viento cuando alboreaba la mañana.
-¿Nomideas pues?.
-Desde que soy hombre de pelo en pecho, tal y como
promulga la centenaria sabiduría popular.
-Hágase pues la voluntad de los hombres que
desafían a la vida con cadenontia frialdad
y sin temores infundados -dijo el escalofonte, y
murió en el acto.
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