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El constante bombardeo había cesado por primera
vez desde mi llegada. No teníamos que navegar
entre las inmensas olas de destrucción enviadas
por el odio nazi. No nos rodeaba el afilado ruido que
lo invadía todo, confundiéndose con nuestros
latidos, que ansiosos aceleraban su ritmo sin comprender
muy bien el porqué.
Pero
extrañaba el pálido resplandor de la
muerte. No podía saber dónde estaría
acechando, husmeando nuestro rastro, preparándose
para dar el zarpazo final. Extrañaba su voz,
gélida y contundente. Ahora, por primera vez,
compartía con miles de almas el silencio que
tanto añoraba antes y que tanto aborrecía
ahora. Almas rotas en mil pedazos que vagaban ignorantes
entre los escombros.
-Esto
es insoportable -dijo mi compañero. Su voz,
pedregosa y apagada, se mezcló con el inútil
lamento de los esqueletos despedazados por las ruedas
de la ambulancia, en una patética melodía
que nos devolvía a la realidad, cruel y miserable.
Sus pupilas, dilatadas hasta el infinito, buscaban
nerviosas los pequeños rastros de luz que contaminaban
la noche. El sudor temblaba asustado en sus nudillos
de albañil.
-¿Tú
tienes algún sueño? -preguntó.
-Una
vez tuve uno -dije, mientras encendía mi último
cigarrillo.
-¿Y
qué paso?.
-Nada.
Los sueños se acaban al amanecer. La ambulancia
se detuvo junto a la caseta de la Cruz Roja.
Duramente
castigada por la ciega metralla, se sostenía
con dificultad sobre los frágiles maderos apuntalados
una y otra vez. La gran cruz, más negra que
roja, se abrió con pesadez para engullir con
desgana los cuerpos mutilados.
-Yo
tengo un sueño de verdad -dijo mi compañero
cuando reanudamos la marcha. -Y no moriré sin
verlo hecho realidad.
-¿De
que se trata? -pregunte, más por cortesía
que por curiosidad.
-Una
isla -dijo. -Pero no una isla cualquiera. Será
un lugar dónde sólo tendrá cabida
la felicidad, dónde las personas puedan olvidarse
de la miseria, del odio, de la destrucción y
la muerte. Dónde el más ruin de los mortales
pueda encontrarse con la bondad de su corazón,
por muy escondida que esté. Y la construiré
en el lugar más necesitado. En Los Ángeles.
-¿Los
Ángeles? -exclamé. -Tu estás loco.
La realidad no deja lugar a fantasías sin sentido,
amigo mío. La humanidad sufre una enfermedad
endémica, que se llama maldad. No existe un
lugar en la tierra que no la padezca, y mucho menos
Los Ángeles. Los ilusos como tú no tiene
lugar en un mundo como este.
El
reflejo de algún fuego errante cruzó
su rostro, dibujando un atractivo perfil de emperador.
Sus ojos brillaban con una espontánea expresión
de placer. Un sutil movimiento de sus memorables labios
remarcó la frescura de sus mejillas. Estaba
sonriendo.
Horas
después, mientras compartíamos el calor
del café recién hecho, recordé
que no sabía su nombre. Era nuestra primera
noche juntos.
-La
guerra es dura -dije, sin poder ocultar mi nostalgia.
-Así
es -contestó. -Pero no debemos permitir que
nos obligue a olvidar quiénes somos.
Alargó su mano hacia mí. Mientras la
estrechaba, me habló despacio, con una voz dulce,
casi paternal.
-Me
llamo Walt Disney, y estoy encantado de conocerte.
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