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La isla de la felicidad

Juan Alcover-Aguilar

El constante bombardeo había cesado por primera vez desde mi llegada. No teníamos que navegar entre las inmensas olas de destrucción enviadas por el odio nazi. No nos rodeaba el afilado ruido que lo invadía todo, confundiéndose con nuestros latidos, que ansiosos aceleraban su ritmo sin comprender muy bien el porqué.

Pero extrañaba el pálido resplandor de la muerte. No podía saber dónde estaría acechando, husmeando nuestro rastro, preparándose para dar el zarpazo final. Extrañaba su voz, gélida y contundente. Ahora, por primera vez, compartía con miles de almas el silencio que tanto añoraba antes y que tanto aborrecía ahora. Almas rotas en mil pedazos que vagaban ignorantes entre los escombros.

-Esto es insoportable -dijo mi compañero. Su voz, pedregosa y apagada, se mezcló con el inútil lamento de los esqueletos despedazados por las ruedas de la ambulancia, en una patética melodía que nos devolvía a la realidad, cruel y miserable. Sus pupilas, dilatadas hasta el infinito, buscaban nerviosas los pequeños rastros de luz que contaminaban la noche. El sudor temblaba asustado en sus nudillos de albañil.

-¿Tú tienes algún sueño? -preguntó.

-Una vez tuve uno -dije, mientras encendía mi último cigarrillo.

-¿Y qué paso?.

-Nada. Los sueños se acaban al amanecer. La ambulancia se detuvo junto a la caseta de la Cruz Roja.

Duramente castigada por la ciega metralla, se sostenía con dificultad sobre los frágiles maderos apuntalados una y otra vez. La gran cruz, más negra que roja, se abrió con pesadez para engullir con desgana los cuerpos mutilados.

-Yo tengo un sueño de verdad -dijo mi compañero cuando reanudamos la marcha. -Y no moriré sin verlo hecho realidad.

-¿De que se trata? -pregunte, más por cortesía que por curiosidad.

-Una isla -dijo. -Pero no una isla cualquiera. Será un lugar dónde sólo tendrá cabida la felicidad, dónde las personas puedan olvidarse de la miseria, del odio, de la destrucción y la muerte. Dónde el más ruin de los mortales pueda encontrarse con la bondad de su corazón, por muy escondida que esté. Y la construiré en el lugar más necesitado. En Los Ángeles.

-¿Los Ángeles? -exclamé. -Tu estás loco. La realidad no deja lugar a fantasías sin sentido, amigo mío. La humanidad sufre una enfermedad endémica, que se llama maldad. No existe un lugar en la tierra que no la padezca, y mucho menos Los Ángeles. Los ilusos como tú no tiene lugar en un mundo como este.

El reflejo de algún fuego errante cruzó su rostro, dibujando un atractivo perfil de emperador. Sus ojos brillaban con una espontánea expresión de placer. Un sutil movimiento de sus memorables labios remarcó la frescura de sus mejillas. Estaba sonriendo.

Horas después, mientras compartíamos el calor del café recién hecho, recordé que no sabía su nombre. Era nuestra primera noche juntos.

-La guerra es dura -dije, sin poder ocultar mi nostalgia.

-Así es -contestó. -Pero no debemos permitir que nos obligue a olvidar quiénes somos.

Alargó su mano hacia mí. Mientras la estrechaba, me habló despacio, con una voz dulce, casi paternal.

-Me llamo Walt Disney, y estoy encantado de conocerte.


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