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He llegado tarde a la reunión familiar. Los
motivos que justifican este lamentable suceso no han
sido suficientes para excusarme. "Me levanté
temprano", explicaba, "casi con el alba.
Quería contar con tiempo suficiente, pues conozco
el desagrado que produce la espera. Los dos primeros
tercios del camino los recorrí sin imprevistos
y a buen paso, pero mi ansiedad me hizo caer en un
error. Lo más razonable hubiera sido continuar
por la Avenida Central, tal y como acostumbro, y llegar
con varios minutos de anticipación. Pero decidí
atravesar los suburbios para ganar más tiempo,
y ser el primero en presentarme.
El corto trayecto, dolorosamente alargado por el pánico
de las sombras, hubiera sido una simple anécdota
olvidada con facilidad de no ser por la voz oscura
y apagada que atravesó la penumbra hasta mis
oídos.
-¿Podría usted ayudarme, por favor?.
Dudé en un principio, pero me encontraba cerca
del final de la calle. No me retrasaría -así
lo creí-, y me aproximé con más
curiosidad que prudencia. Era un hombre maduro, ordinario,
de cuerpo estirado y frágil. Vestía un
modesto traje de lana gris y una camisa blanca sin
corbata. Los zapatos, de buena calidad, reposaban junto
a él. Estaba sentado sobre el pavimento sucio
por la contaminación, con la espalda apoyada
en la pared. Le faltaba la pierna derecha y el pie
izquierdo, y la generosa mancha de sangre que se extendía
a su alrededor me indicó que los miembros habían
sido separados recientemente. Pude comprobarlo al observar
sus manos indignas, con uñas astilladas y cochambrosas.
Empuñaba un cuchillo de carnicero en la mano
diestra, de unos treinta centímetros de largo
y veinte de ancho, y un pequeño serrucho de
carpintería en la zurda. Le interrogué
sobre su peculiar situación, con brevedad y
cortesía, y esperé su respuesta con manifiesta
impaciencia.
-¿No las ha visto? -dijo.
-No he notado nada anormal -contesté, simulando
interés.
-¿A qué se refiere usted?.
-Las hormigas. Miles y miles de feroces criaturas.
Quieren devorarme, acabar conmigo. Me atacaron por
sorpresa, sin darme tiempo para reaccionar. Se aferraron
a mi cuerpo, a mis brazos, a mi cabello, con una violencia
incontenible. Pretendían eliminar cualquier
resistencia, y poder despedazarme con tranquilidad.
Pero no me entregué. Un amable vecino, sin duda
alertado por mis gritos, me facilitó estas herramientas.
Así pude contenerlas, alimentándolas
poco a poco. El sacrificio ha sido grande, como puede
ver. Pero pronto terminaré con las piernas,
y necesitaré ayuda para poder cortar los brazos.
-Entiendo su problema, y le ayudaría gustosamente.
Pero no creo que su forma de actuar sea la más
correcta. El sufrimiento es grande, y no podrá
evitar su muerte.
-En efecto -dijo. -Tiene mucha razón. Pero,
¿no sería un gran acto de cobardía?.
¿No es mi obligación luchar hasta el
final?. Las leyes son claras. No hay perdón
ni expiación posible para quién renuncia
a la vida.
-Tendremos que buscar una solución -dije, preocupado
por el tiempo que ya había perdido. -Usted reclama
mi ayuda, y mi educación me obliga a escucharle,
pero mis familiares esperan. Un retraso sería
imperdonable, y no dispongo del tiempo necesario para
mutilarlo.
Esperé unos instantes en silencio. Al no recibir
respuesta, me dispuse a retirarme, no sin antes despedirme
y desearle un feliz desenlace.
-Un momento, por favor -suplicó.
-Yo no puedo quitarme la vida -explicó con la
voz rota por el dolor-, y usted tiene importantes obligaciones
que atender. Pero la ley no le impide ejecutarme. Aliviaría
mi suplicio y podría acudir a su cita sin demasiado
retraso.
Me ofreció el cuchillo sin esperar mi aprobación.
No podía negarme. Sujeté el instrumento
con ambas manos, respirando por la boca para evitar
el olor a putrefacción que supuraban sus heridas.
Lo apoyé en el centro de su pecho, y aguardé
su señal, que tardó en llegar. Cuando
estuvo preparado, cerró los ojos y apretó
los puños contra el suelo. Me incliné
sobre él, y la hoja penetró fácilmente,
destrozando la tímida resistencia de la piel,
músculos y huesos. No soy un gran experto, pero
el corte fue limpio, y atravesó el corazón
de lado a lado. Sin embargo, tardó algunos minutos
en morir, y tuve que esperar. El castigo por abandonar
a un moribundo es grande."
No he podido excusarme ante mis familiares. Les he
defraudado rompiendo su bienestar. Sólo me queda
suplicar su perdón. Al fin y al cabo, yo nada
más cumplía con mi obligación.
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