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El retraso

Juan Alcover-Aguilar

He llegado tarde a la reunión familiar. Los motivos que justifican este lamentable suceso no han sido suficientes para excusarme. "Me levanté temprano", explicaba, "casi con el alba. Quería contar con tiempo suficiente, pues conozco el desagrado que produce la espera. Los dos primeros tercios del camino los recorrí sin imprevistos y a buen paso, pero mi ansiedad me hizo caer en un error. Lo más razonable hubiera sido continuar por la Avenida Central, tal y como acostumbro, y llegar con varios minutos de anticipación. Pero decidí atravesar los suburbios para ganar más tiempo, y ser el primero en presentarme.

El corto trayecto, dolorosamente alargado por el pánico de las sombras, hubiera sido una simple anécdota olvidada con facilidad de no ser por la voz oscura y apagada que atravesó la penumbra hasta mis oídos.

-¿Podría usted ayudarme, por favor?.

Dudé en un principio, pero me encontraba cerca del final de la calle. No me retrasaría -así lo creí-, y me aproximé con más curiosidad que prudencia. Era un hombre maduro, ordinario, de cuerpo estirado y frágil. Vestía un modesto traje de lana gris y una camisa blanca sin corbata. Los zapatos, de buena calidad, reposaban junto a él. Estaba sentado sobre el pavimento sucio por la contaminación, con la espalda apoyada en la pared. Le faltaba la pierna derecha y el pie izquierdo, y la generosa mancha de sangre que se extendía a su alrededor me indicó que los miembros habían sido separados recientemente. Pude comprobarlo al observar sus manos indignas, con uñas astilladas y cochambrosas. Empuñaba un cuchillo de carnicero en la mano diestra, de unos treinta centímetros de largo y veinte de ancho, y un pequeño serrucho de carpintería en la zurda. Le interrogué sobre su peculiar situación, con brevedad y cortesía, y esperé su respuesta con manifiesta impaciencia.

-¿No las ha visto? -dijo.

-No he notado nada anormal -contesté, simulando interés.

-¿A qué se refiere usted?.

-Las hormigas. Miles y miles de feroces criaturas. Quieren devorarme, acabar conmigo. Me atacaron por sorpresa, sin darme tiempo para reaccionar. Se aferraron a mi cuerpo, a mis brazos, a mi cabello, con una violencia incontenible. Pretendían eliminar cualquier resistencia, y poder despedazarme con tranquilidad. Pero no me entregué. Un amable vecino, sin duda alertado por mis gritos, me facilitó estas herramientas. Así pude contenerlas, alimentándolas poco a poco. El sacrificio ha sido grande, como puede ver. Pero pronto terminaré con las piernas, y necesitaré ayuda para poder cortar los brazos.

-Entiendo su problema, y le ayudaría gustosamente. Pero no creo que su forma de actuar sea la más correcta. El sufrimiento es grande, y no podrá evitar su muerte.

-En efecto -dijo. -Tiene mucha razón. Pero, ¿no sería un gran acto de cobardía?. ¿No es mi obligación luchar hasta el final?. Las leyes son claras. No hay perdón ni expiación posible para quién renuncia a la vida.

-Tendremos que buscar una solución -dije, preocupado por el tiempo que ya había perdido. -Usted reclama mi ayuda, y mi educación me obliga a escucharle, pero mis familiares esperan. Un retraso sería imperdonable, y no dispongo del tiempo necesario para mutilarlo.

Esperé unos instantes en silencio. Al no recibir respuesta, me dispuse a retirarme, no sin antes despedirme y desearle un feliz desenlace.

-Un momento, por favor -suplicó.

-Yo no puedo quitarme la vida -explicó con la voz rota por el dolor-, y usted tiene importantes obligaciones que atender. Pero la ley no le impide ejecutarme. Aliviaría mi suplicio y podría acudir a su cita sin demasiado retraso.

Me ofreció el cuchillo sin esperar mi aprobación. No podía negarme. Sujeté el instrumento con ambas manos, respirando por la boca para evitar el olor a putrefacción que supuraban sus heridas. Lo apoyé en el centro de su pecho, y aguardé su señal, que tardó en llegar. Cuando estuvo preparado, cerró los ojos y apretó los puños contra el suelo. Me incliné sobre él, y la hoja penetró fácilmente, destrozando la tímida resistencia de la piel, músculos y huesos. No soy un gran experto, pero el corte fue limpio, y atravesó el corazón de lado a lado. Sin embargo, tardó algunos minutos en morir, y tuve que esperar. El castigo por abandonar a un moribundo es grande."

No he podido excusarme ante mis familiares. Les he defraudado rompiendo su bienestar. Sólo me queda suplicar su perdón. Al fin y al cabo, yo nada más cumplía con mi obligación.


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