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Los Premios Talía 2000 - Relato finalista


Ángel Guardián, S.L.

Daivd Moñivas


-¿Marea, verdad?

En principio pensó que la mujer le estaba hablando acerca de los precios, pero no miraba el tríptico informativo que sostenía, sino al cuadro que se encontraba a su espalda, por encima del sillón en el que se encontraba recostado. Lo vio nada más entrar. Era un modelo que se había puesto de moda aquel mismo año. Las personas que se tenían por estar más a la última lo llamaban "caída libre", y consistía en un eterno viaje a través del fractal de Mandelbroot, exactamente como si se tratase del suelo que esperaba recibir los pies de un paracaidista. Y sí, mareaba bastante. Una prueba más de que el buen gusto había desaparecido del planeta Tierra aproximadamente a mediados del siglo XVII.

-No responda, don importante. No necesito de su jodida conversación.

-¡Oh! Discúlpeme señora. Me quedé en trance mientras miraba el cuadro. Lo cierto es que es... perturbador, por decirlo de algún modo.

La mujer solo emitió un bufido. Le pareció adivinar que había sido a causa de pronunciar la palabra "perturbador". Dudaba, ahora que la observaba con mayor detenimiento, que siquiera hubiera entendido lo que podía significar aquello. Vestía de tal manera, si es que a aquello se lo podía llamar vestir, que no tuvo dificultades en identificar la tienda que la surtía de aquellos trapos. Por desgracia, muchas personas también lo hacían en aquellos días. Se trataba de una nueva rica, con demasiado dinero como para perder los beneficios y placeres que éste otorgaba por un simple caso de óbito. Las nuevas tecnologías hacía de aquello un tema de tremenda simpleza.

El silencio perduró durante unos minutos, pero después ambos se incorporaron y dirigieron su mirada hacia la puerta de la consulta. Ésta se abrió con un siseo apenas audible (deslizamiento sobre aleación superconductora y aislante de ruido por fulereno, lo último en puertas), y de ella surgió una enfermera pelirroja casi vestida, acompañando al paciente que había entrado anteriormente. Andaba con cierta normalidad, pero parecía mareado, incluso bebido. Tras cerrar la puerta de la calle, la enfermera se dirigió hacía ellos.

-¿Ben Varner, por favor?

-Si, yo soy.

-Sígame por favor.

-Genial, -gruñó la mujer-. Solo llevo dos horas esperando. Mis riñones pueden aguantar otro par de ellas, sin problema, claro... -y siguió refunfuñando, hasta llegar a tal nivel de enfado que Ben, temió por un momento que utilizase el táser incinerador que había dejado sobre la mesa contra la blanca piel de la muchacha que le precedía hacia la consulta.

La puerta se abrió más deprisa de lo que un ojo humano está dispuesto a aceptar (salvo implantes, claro), y le dio la impresión de que había desaparecido. Lo primero que vio no le gustó.

El tipo vestía un traje de empresa, tan nuevo que olía a tinte. Salió hasta la misma puerta para recibirle, exhibiendo una sonrisa tan grande como para insertar en ella anuncios de dentífrico.

-¡Bienvenido! ¿Ben Varner, verdad? ¡Encantado, encantado! Llámeme Son. Pase, siéntese Ben. ¿Puedo ofrecerle algo? ¿Una copa, algo de droga, algo dulce quizás...? Le ofrecería un puro, pero el cliente que acaba de salir se ha fumado el último...

-Pensé que el tabaco era ilegal.

-Y lo es, desde luego -le respondió desde detrás, exhibiendo una sonrisa sin grietas.

Ben se sentó en un puf, que hubiera pasado por invisible de no ser por las finas rayitas rojas pintadas a su alrededor como si se tratase de curvas de nivel de un mapa antiguo. El despacho destilaba toda la clase que se puede comprar con dinero, es decir, ninguna. Todo eran tópicos. Daba la impresión de que el decorador tenía resaca cuando llevó a cabo su labor.

-¿Le gusta mi despacho, eh Benny? -por alguna extraña razón, Son había confundido su sonrisa irónica por una de admiración-. ¿Puedo llamarle Benny?

-No, no puede -aquello le corto el rollo a aquel tipo; exactamente lo que Ben pretendía-. Disculpe mi brusquedad. Ese nombre me trae recuerdos de infancia que mi terapeuta me tiene prohibido recordar.

-No pasa nada, Ben. Lo entiendo perfectamente -el hombre había recordado su tono vivaracho de hacia unos pocos segundos-. Terapeutas, ¿quién no tiene una en los días que corren?

-Sí. Pero si vamos al asunto en cuestión...

-Claro Ben, hablemos de negocios. Usted ha venido sin duda por nuestro producto estrella. El Paquete San Gabriel, supongo.

-¿Por qué supone eso?

-Pues porque usted tiene clase, amigo -dijo Son levantándose de su sillón para tomar un bolígrafo de su caja, que aparentemente no quería para nada-. Le veo que no es de los que dice: "El mundo se vive intensamente una vez y no sirven las reintentonas". Se ve que además no se preocupa por el dinero. ¿Qué es usted? ¿Famoso profesional? ¿Deportista profesional? ¿Político?

-Nada de eso. Soy marchante de arte.

-Ya entiendo -lo cual, claro, era completamente falso.

-Me dedico a comprar esculturas que a mi juicio parecen buenas y a revenderlas a grandes coleccionistas o museos -aclaró Ben.

-¿Esculturas holográfícas?

-No, principalmente mármol.

-¿Un material nuevo?

Hubo un corto pero explícito silencio.

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-En cuanto al paquete que me ofreció...

-¡Sí claro, desde luego Ben! -el hombre se alegró de salir de una conversación que a cualquiera, incluso a alguien como Son, se hacía evidente que se trataba de una vía muerta-. Verá, la empresa, por el paquete San Gabriel, se hace cargo de generar una copia de seguridad, de conservarla y mantenerla en óptimas condiciones. También, en base a las muestras que le tomaremos, de acelerar su crecimiento y sobre ese chasis reimplantar su personalidad de la última copia o actualización de datos de que dispongamos, a menos claro, que usted haya declarado que debamos optar por otra diferente con anterioridad. A parte, le buscamos un lugar nuevo de adopción.

-¿Un lugar nuevo dice? ¿Qué quiere decir con eso?

-Verá, Ben. Hay ciertos problemas legales que nos impiden, al menos de momento, resucitar personas muertas en un mismo plano. Pero eso no nos impide resucitarías y transferirlas a un plano donde hasta ese momento no existían. Por lo demás, vivirá usted en la Tierra, la misma tierra. Además, garantizamos el apoyo técnico y legal en los dieciséis planos en los que tenemos presencia.

-Problemas legales, ¿eh? ¿Cómo puedo estar seguro de que es legal lo que hacen y no estoy tirando mi dinero?

Son amplió de forma enorme su sonrisa.

-No es ilegal, si es a eso a lo que se refiere. Es alegal. Yo que usted aprovecharía el momento. Cuando intervengan los gobiernos lo único que harán será regularizar el mercado e imponerle un impuesto. ¡Ben! Le garantizo que no notará la diferencia.

-¿Cómo es de seguro que no se nota nada al despertar? ¿No me daré cuenta de que he estado muerto?

-¡En absoluto, Ben! Compruebe las gráficas -pulsó un botón oculto en el bolígrafo y apareció una holopantalla-. Compruebe las gráficas de nuestros experimentos con delfines. Cuando salga de aquí después de la recuperación, y créame cuando le digo que no deseo que eso ocurra, le parecerá que el tiempo no ha transcurrido desde su última revisión de datos.

-Experimentos con delfines -comentó Ben en voz alta.

-Los más inteligentes, detrás de nosotros, como sin duda ya sabe, Ben. Todos ellos declararon que apenas notaban ninguna diferencia, salvo quizás alguna alteración del reloj biológico, como cuando uno desembarca después de un largo viaje.

-¿Ningún experimento con seres humanos?

-Legalmente está prohibido, Ben.

-El tabaco también lo está.

-Si, pero la multa en este caso es bastante mayor, y por muy discretos que fuésemos, le aseguro que siempre termina destapándose todo el asunto.

-¿Y no han tenido aun ningún caso de retorno?

-Ningún caso por el momento, Ben. Las pruebas psicológicas que hizo la semana pasada fueron destinadas a calibrar su potencial suicida. Le sorprendería lo caros que podrían salirnos dichas personas.

-¿Y las otras empresas?

-No hay otras empresas. Ni las habrá mientras mantengamos nuestra posición dominante en el mercado y conservemos la patente del proceso. ¿Ben?, está dudando. No me gusta nada que dude. Piense, que por ejemplo, nada más salir de aquí, un estúpido yonqui le puede descerrajar un tiro por tres miserables euros. Piense en su familia.

-No tengo.

-Pues entonces piense en sus amigos, en las personas que dependen de usted, en los proyectos que le quedan, y que un estúpido accidente podría truncar. Amigo, solo son veinte mil euros. Los hombres de su clase se gastan eso en menos de una semana. Por una semana, compra usted la eternidad.

Ben suspiró, y con una pequeña sonrisa en la cara, asintió. El dependiente sonrió aun más.

-Prepararé un contrato para que lo firme. Pase a quirófano. Al salir de la consulta se sentía extraño, como si le hubiesen dado una ducha a su cerebro, por explicarlo de algún modo. Pidió que le llamasen un taxi para acercarle a su casa.

-Ahora dormirá mejor, Ben -le había dicho como despedida Son-. Tenemos una copia de seguridad de su personalidad. De su alma, si es usted creyente.

-En realidad, desde hace dos semanas soy miembro de la congregación tecnológico - bautista. Es lo último. No creemos en el alma.

-Es igual. Le aseguro que dormirá mejor.

La puerta del taxi se cerró (mucho más lenta y más ruidosa) y se echó una cabezada en lo que aquel transporte le cruzaba el canal.

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Una semana después, Ben comenzó a notar que ciertas cosas de las que le habían dicho eran ciertas. Dormía bastante mejor. También había notado que tenía menos cuidado al ir por determinadas zonas de la ciudad que antes prefería evitar, y que el pelo se le erizaba con menos frecuencia cada vez que veía un arma (lo cual era decenas de veces al día). Si señor, vivía mucho más tranquilo y despreocupado. Quizás fue esa la causa de que cruzase la calle como un sonámbulo, sin tan siquiera mirar si se aproximaba un transporte, sin utilizar la rampa superior (que tardaba dieciséis segundos más) ... Por la vía y como antaño, cuando de niño, el metal no era metal sino negro asfalto. Y por cierto, venía un transporte por la vía, y a toda velocidad. No le escuchó venir, porque entre otras cosas, se trataba de uno supersilencioso. Último modelo.

-¡Ben! ¡Despierte hombre! ¡Enfermera, inyéctele algo fuerte, no tengo todo el día!

-Estoy despierto -Ben abrió los ojos con precaución pero la iluminación estaba bien graduada. Le sorprendió ver la cara de un desconocido, pues hubiera jurado que la voz que escuchaba era la de aquel dependiente, pero no era así. Aunque fijándose bien, tenían cierto aire de familia. Casi hubiera jurado que podía tratarse de un robot.

-¡Genial, Ben! Le felicito. Es usted nuestro primer cliente que pasa el umbral. ¿Qué tal se encuentra después de ... eh, hacer uso de nuestro servicio?

-Bien. De hecho -trató de incorporarse y lo hizo sin dificultad alguna-, muy bien.

Al lado de su cama, a su derecha, había un gigantesco espejo de cuerpo entero. Vio en el reflejado a un completo extraño. Aquel hombre debía de tener por lo menos treinta años menos de los que sabía que él mismo tenía. Su pelo era más oscuro, no tenía manchas en la piel y presentaba una musculatura digna del mismísimo Hércules. Se trataba de sí mismo, cuando tenía veintipocos años, a excepción de la musculatura, algo que él nunca había tenido ni se había preocupado en cuidar. Y, fijándose, también a excepción de su pene, que a ojo parecía tener tres dedos de más.

-Regalo de la casa, Ben -le indicó el hombre al percatarse del interés que mostraba-. Es lo bueno de la manipulación genética, además del desarrollo acelerado y la electroestimulación muscular. Mi nombre es Sack -le aclaró tendiéndole la mano-. Pase a aquella habitación, y la enfermera le traerá ropa como la que usted guardaba en su armario. Luego pase a mi despacho a verme. Tiene que firmar unos papeles sin importancia. Formalismos para la adquisición de su nueva casa y un montón de detalles más.

-¿Mi nueva casa?

-¿No recuerda? Cambió de plano, y en este plano no existía usted, por lo que no podía poseer nada. Pero no se preocupe, le hemos traído todos sus objetos personales y la hemos decorado exactamente igual.

"Dios santo", penso Ben, "que no lo hayan dejado en manos de su decorador privado", mirando horrorizado la habitación en que despertó.

-Bien, Ben, este es el último. Échele un vistacito y firme donde el resto.

-¿Puede decirme -comentó Ben, al tiempo que leía-, Sack, que fue lo que... ocurrió?

-Pues hombre, Ben -Sack pareció ligeramente fastidiado por la pregunta-. Técnicamente sí que puede saberlo, pero...

-¿Pero que?

-¿Realmente quiere saberlo? Eso es parte de la vida de otro tipo, algo que a usted nunca le ocurrió. Creo que no ganaría nada por el mero hecho de saberlo. Ahora, ¿quiere que le muestre el informe?

Ben permaneció unos momentos dubitativo.

-No -respondió finalmente, tras un suspiro-, creo que tiene razón.

-Pues claro que la tengo -le respondió Sack, sonriente.

Ben firmó el último documento y se lo pasó.

-Ben, permítame darle la bienvenida a su nuevo hogar. Y levantándose desde detrás de una enorme mesa de despacho, le estrechó la mano.

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Un par de semanas más tarde, estaba ya casi completamente establecido en su nuevo mundo. Allí el comercio con estatuas al estilo de antaño había acabado hacía un par de siglos, pero por fortuna, la historia seguía inalterada hasta mediados del siglo XX, por lo que allí también habían existido Miguel Angel, Bernini, Rodin o Picasso (algo por lo que no se cansaba de dar gracias al cielo, una y mil veces). Dados sus conocimientos enciclopédicos sobre la materia, no le fue difícil a la empresa encontrarle un trabajo como profesor de una facultad de historia del arte. No estaba tan bien remunerado, y además pagaban en una moneda extraña para el, rublos, pero también era cierto que la vida estaba bastante más barata y que gozaba de ciertos privilegios, otorgados por su calidad de "miembro del partido", algo que los servicios legales de AGSL le habían facilitado. Todo iba a pedir de boca.

Aquel día, recibió un correo postal (allí aún se utilizaba el romántico correo impreso y tal detalle le hacía sentirse tan feliz como en un parque temático). Era de la empresa AGSL. Recordó que le habían informado de que le llamarían o le escribirían para interesarse por su evolución y para recabar algunos datos, destinados a mejorar futuras recuperaciones. Decidió que la leería en su despacho, por lo que la introdujo en su bolsa de cuero y siguió caminando. De camino a la facultad, bajo un intenso pero tonificante frío, compró el Pravda en un quiosco, y empezó a hojearlo con pereza al tiempo que caminaba. Dedicaba mucho tiempo a informarse sobre su nuevo mundo, a pesar de que sus ojos apenas paraban más de un segundo por titular. Leía con soltura el ruso, cortesía (una más) de AGSL, obtenida por programación neuronal. De hecho, apenas dedicó tres décimas de segundo a uno especialmente pequeño, situado en la página de la izquierda, a la derecha de la misma y abajo-; -¡Eh! cuando su cerebro la asimiló, volvió con rapidez y cierto nerviosismo a leerla. Decía así:
EMPRESA ANGEL GUARDIÁN S.L. DESMANTELADA EN EL DÍA DE AYER EN TODO EL MULTIPLANO POR ATENTAR CONTRA LA LEY DE AUTOREPRODUCCIÓN Y CONTROL DE LA NATALIDAD.
En la madrugada de anteayer, policías de intervención rápida de todos los planos en que tiene sucursales la empresa Angel Guardián S.L., entraron en sus instalaciones, procediendo a clausurarlos y eliminar todos los datos ilegales de sus bancos de memoria, precintándolos posteriormente. Dicha actuación se atuvo a la presentencia dictada por el Juez del Tribunal Supremo Multiplanar, Jacky Bolundy. Se prevé un juicio rápido en breve, y de resolución más rápida aun, dado el gran número de pruebas recogidas...
La noticia seguía dando detalles, pero terminaba pronto. Nervioso, aceleró el paso. Entonces recordó la carta de AGSL que llevaba el la cartera. Con temblor en las manos la extrajo y la abrió. Tenía fecha del día anterior.
"Por problemas técnicos no podremos realizar ninguna recuperación durante algún tiempo, aun no previsible. Por desgracia hemos perdido la única copia de seguridad de que disponíamos de su personalidad. Cuando reanudemos nuestra actividad se lo notificaremos a la mayor brevedad para restaurar nuestro banco de datos. Si le ocurriese un óbito en este periodo le devolveríamos el dinero.
Por favor, hasta entonces cuídese."
Estaba fechada en el día anterior, acompañada de una rápida firma. Por primera vez se detuvo, en estado de shock, aplastado por el temor a los múltiples peligros para su vida que veía por todas partes. La carta se escapó de sus manos y la siguió con la vista hasta que reposó esta sobre el asfalto, entre sus pies. Esta vez ni siquiera escuchó al ruidoso camión que se abalanzó sobre él.

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