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Los Premios Talía 2000 - Relato ganador


A Ritmo de Bolero

Laura Plana

Ramón Alcoy colgó con torpeza el auricular y frunció el ceño, en un intenso esfuerzo para recordar. ¿Cuándo le había prometido eso a Mirna? ¿De verdad que la había invitado a cenar? Poco a poco, desgarrando las tinieblas que empañaban su cerebro, las escenas borrosas de la víspera acudieron a su memoria.

Había conocido a Mirna -una interesante Catedrática de Psicología Comparada- durante la fiesta de bienvenida organizada por los promotores de la recién inaugurada urbanización. Él, ex-mecánico que unos meses atrás había conseguido un paro vitalicio y bien remunerado gracias a la lotería, quiso impresionar a su nueva vecina y, alentado por los whiskys, se inventó una profesión liberal -escritor- y un curriculum poblado de premios, editoriales y viajes. "Todavía no soy un autor, digamos... consagrado", reconoció con humildad antes de alcanzar el notable nivel etílico que lo retiró de la fiesta, "pero voy por buen camino..."

Y ahora la psicóloga lo acababa de llamar, aceptando su invitación para cenar el jueves y agradeciéndole el detalle de dedicarle uno de sus relatos. Estaba impaciente por leerlo, le aseguró.

Incapaz de hilvanar dos ideas coherentes consecutivas, Ramón Alcoy decidió seguir durmiendo. Durante aquel día la aplastante resaca le impidió preocuparse de nada más.

El miércoles se levantó temprano, con el firme propósito de cumplir su compromiso. Acompañado por uno de sus numerosos compactos de boleros, desenfundó la Underwood y la instaló sobre una mesita junto al ventanal. "Manos a la obra" se animó, acomodando un folio en el carro.

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Dos horas después miraba alicaído el montón de bolas de papel que rodeaban la papelera. Arrancó la hoja de la máquina y la unió a sus compañeras, lamentando por milésima vez la poca atención prestada, cuando iba a la escuela, a las clases de Lenguaje y Literatura. "Presentación, nudo y desenlace", repetía con la vista clavada en el nuevo papel en blanco, como si al son de estas palabras mágicas la composición se tuviera que realizar sola. Encendió la pipa con parsimonia, tarareando la música que invadía la sala:
Es la historia de un amor como no hay otro igual que me hizo comprender todo el bien, todo el mal...
Y entonces, una súbita inspiración le recordó por qué estaba sentado delante de una máquina de escribir. Tecleó en mayúsculas:
UNA HISTORIA DE AMOR IMPOSIBLE
Sonrió. Era un buen título para un tema seguro. A todas las mujeres les apasionan las historias de amor.

Ahora necesitaba un comienzo sugerente.

.......................................

No se le ocurría nada.

Resolvió que un café bien cargado, con un sorbito de ron -sólo uno- lo ayudaría. Diez minutos después, con la taza entre las manos, se acercó a la Underwood. Sorbió con cuidado el líquido caliente y amargo, echando una distraída mirada a la hoja que reposaba sobre el carro. Lo que vio le hizo pegar un respingo, volcando el café sobre sus pantalones. Se frotó los ojos y volvió a mirar: era la misma hoja que él había dejado, sólo que ahora el título rezaba:
IMPOSIBLE     UNA HISTORIA DE AMOR
Oliendo con desconfianza la taza vacía, sacó el folio del carro y se lo acercó tanto a los ojos que las letras se tornaron difusas. Lanzó furtivas miradas por encima de su hombro y llenó la taza de ron, sintiendo como un desagradable escalofrío le recorría la espalda. Había oído hablar de virus en los ordenadores, pero nunca en las máquinas de escribir. Desconcertado, optó por continuar el relato:
Llovía sobre la tierra yerma.
Román contemplaba extasiado a Mirna, que se estremecía de placer.
Se detuvo, dudando si sería conveniente utilizar el nombre de Mirna. Lo sustituyó por "Marina". Casi igual, pero no lo mismo. Satisfecho, continuó:
Besos, caricias y palabras dulces cubrieron su cuerpo.
Le costaba seguir.

Dejó vagar su mirada por el paisaje que se ofrecía a través del enorme ventanal. El sol, estupendo para ser febrero, invitaba a pasear. Se levantó decidido: meditaría su historia al aire libre, entre los árboles desnudos y el campo azul de invierno.

No apagó el compacto, que siguió desgranando para nadie penas, dolores, amores y olvidos.

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Unos minutos después de que la puerta de la calle se cerrase, la hoja que yacía atrapada en el carro de la máquina de escribir insinuó un leve movimiento. Se acababa de convertir en la pista de baile de las palabras que contenía, las cuales, en una extraña y lenta procesión, rompieron filas para marchar una detrás de otra dibujando un gran círculo que giraba ora en un sentido, ora en el otro. Durante el siguiente bolero cambiaron de coreografía, dividiéndose en dos bloques que tomaron rumbos distintos: el derecho resbaló por la blanca explanada, perdiéndose al fin en el laberinto formado por las letras metálicas de la máquina y el izquierdo, trepó decidido hasta caer, como fichas de dominó, por el inmenso abismo existente entre el extremo superior del folio y la mesa.

La música, indiferente al trágico fin de aquellas pequeñas manchas de tinta, seguía dejando oír su voz:
Ven, mi corazón te llama, Ayyyy... desesperadamente
Cuando Ramón regresó, con la cabeza llena de imágenes poéticas y las mejillas enrojecidas, se acomodó silbando frente a la Underwood. Al observar el folio, el aire se le congeló en la garganta. No podía ser. Se levantó y volvió a sentarse. Era imposible. Fue al baño y metió la cabeza bajo un chorro de agua fría. De nuevo en la sala, se inclinó sobre la máquina conteniendo la respiración. La hoja seguía igual: totalmente en blanco.

Ramón estaba seguro de que había escrito al menos tres líneas antes del paseo. Se acarició la barba, estupefacto. Era lo más extraordinario que nunca le había ocurrido. Tal vez, temió, estaba sufriendo los primeros síntomas de alguna extraña enfermedad.

Tardó el resto del día en reunir el coraje suficiente para sentarse de nuevo frente a la mesita. Por la noche, volvió a redactar el párrafo. "Ajá", se dijo, "Ahora estoy seguro de que dejo el papel ESCRITO en la máquina". Se tumbó en el sofá para poder escuchar, muy bajito, sus melodías preferidas, esperando que lo ayudasen a conciliar el sueño:
Noche de ronda, que triste pasas, que triste cruzas por mi baaalcoooón...
Pero no fue así. Daba vueltas y más vueltas sobre sí mismo, recriminándose por ser tan paranoico.¿Cómo podían desaparecer las letras de un papel? A las cinco de la madrugada ya no aguantó más. Se levantó y, con el corazón en un puño, miró el folio: ni trazos de una línea.

"Estoy enloqueciendo" pensó angustiado "Esto no es posible". Imaginó la cara que pondría Mirna si se lo contaba. Seguro que le hablaría del complejo de Edipo, de las defensas que pone nuestro cerebro ante una tarea que nos resulta muy difícil de realizar y querría analizar sus sueños. Abatido, se desplomó sobre la silla y pasó mucho tiempo contemplando absorto la hoja. Cuando se dio cuenta, la sala estaba en silencio y volvía a ser de día.

Y entonces las vio. En el suelo, amontonadas junto a la papelera, se hallaban algunas de las palabras:
	Llovía yerma B
Marina e Ycaricias s o cuerpo s
Un poco más allá, camino de la cocina, otros vocablos formaban una ordenada fila india:
tierra Román cubrieron
Ramón se agachó con la sensación de que las paredes giraban a su alrededor. Durante más de tres horas gateó por el suelo, rastreando palabras. Era una tarea difícil. Algunas aparecieron bajo el tresillo, otras detrás de la columna de sonido. Incluso encontró una encaramada a la ventana. Parecía esperar la oportunidad de escapar al exterior. Ramón la apresó y cerró la mano con fuerza, como si se tratara de un moscardón inoportuno que mereciera un escarmiento. Para buscar los puntos y las comas recurrió a una lupa y, tras una intensa expedición, los descubrió dentro de un vaso, flotando en los restos de whisky que había dejado la noche anterior. Al final, agotado y con un terrible dolor de espalda, depositó su caza sobre un nuevo papel y lo zarandeó con fuerza. Las letras permanecieron bien adheridas. Media botella de ron más tarde, abrió una carpeta que rotuló en rojo: FENÓMENOS PARANORMALES y guardó allí el folio.

Pasó el resto del día frente al televisor, evitando acercarse a la Underwood.

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A la mañana siguiente su prioridad era la cita con Mirna. Limpió a fondo la casa y cambió las sábanas de su cama, diciéndose que siempre había sido un optimista. Luego fue al pueblo a comprar para la cena.

Por la tarde estaba decidido a componer unas líneas y regalárselas a Mirna. Y a ver como reaccionaba la Sra. Psicóloga cuando al llegar a su casa se encontrara la hoja vacía...

Escribió de un tirón:
MARINA

Llovía sobre la tierra yerma.

Dentro de la casa, Román contemplaba a Marina extasiado, que se estremecía de placer entre sus brazos. Los besos, caricias y dulces palabras cubrieron con suavidad su cuerpo. Los dulces ojos de Marina filtraban las palabras de amor, intentando cazar las mentiras que se escondían en ellas y preguntándose en qué acabaría todo aquello. Movía las manos buscando caricias.

Se observaron en silencio.

Arriba, estalló una tormenta. Ráfagas de luces explotaban colores fugaces y se extendían rodando por el cielo iridiscente, muriendo al tocar la tierra.

Román cerró la ventana.

En la arena, una flor brotaba solitaria, temblando a cada impacto.
Complacido, juzgó que la descripción de la tormenta le había quedado muy poética y que el detalle de la flor daba un toque delicado a la escena. Dejó la hoja en la máquina y colocó un montón de folios en blanco a su lado.

El reloj de pared anunció las siete y media. Esperaba a Mirna dentro de una hora. Bajó las persianas, esparció ambientador con perfume de rosas por toda la casa y volvió a conectar el compacto. Después se concentró en la cena.

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Libres de la presencia de su creador y a ritmo de bolero, cuatro o cinco palabras se separaron de las demás y buscaron pareja entre sus compañeras
Luna lunera cascabelera, pedile a mi amorcito por Dios que me quiera....
El resto se concentró en las dos esquinas superiores de la hoja dejando todo el espacio central a las danzarinas. De vez en cuando intercambiaban pareja o alguna de las espectadoras irrumpía en la pista
Ay, lunita redondita, dile que me has visto tú llorar de amor...
De repente, y siempre al compás de la música, se abalanzaron hacia el margen derecho de la hoja, para saltar en tropel y sin ningún orden sobre el primero de los folios que reposaban debajo. Una vez allí, como hormigas enloquecidas, se mezclaron, corrieron hacia arriba, hacia abajo, se atropellaron... hasta que, cuando el compacto agotaba sus últimas notas, reposaron de nuevo en organizadas filas.

En aquel mismo momento, Ramón, encerrado en la cocina, probaba satisfecho los spaghetti a la carbonara.

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Mirna llegó puntual. Se saludaron con dos besos en la mejilla y el anfitrión la hizo pasar a la sala.

- ¿Quieres tomar algo?- preguntó, mientras la ayudaba a quitarse el abrigo. Mirna negó con la cabeza, observando a su alrededor. Sus ojos se posaron sobre la máquina de escribir.

- Lo prometido es deuda- dijo Ramón, señalando la hoja -Allí tienes tu relato. Después de cenar...

- ¿Oh! Déjame que le eche un vistazo ahora...

- Como quieras...- contestó Ramón no muy convencido.

Desapareció con el abrigo y se demoró en el dormitorio esperando nervioso la reacción de la mujer. Se preguntaba de qué hablarían el resto de la velada. Una exclamación lo hizo regresar corriendo junto a Mirna.

- ¿Que pasa?- inquirió sobresaltado

Mirna, admirada, daba golpecitos a la hoja que sujetaba en la mano.

- Gracias Ramón, es fantástico. Fantástico. Y tan original...

Ramón se sonrojó, opinando para sus adentros que su invitada exageraba un poco. No creía tampoco que fuera tan bueno lo que había escrito. Iba a quitarle importancia al asunto con estudiada modestia, cuando una inquietante sospecha le llevó a examinar de reojo la máquina de escribir. En el carro, la hoja estaba en blanco.

- Esto... ¿has puesto tú aquella hoja en la máquina?- tartamudeó, sintiéndose muy estúpido.

- No, claro que no. Sólo he cogido la hoja que había al lado.

- ¿La que había al lado?

Mirna ladeó la cabeza y frunció el ceño.

- Sí, la que has escrito para mí.

Ramón, confuso, extendió la mano.

- Me gustaría dedicártela

- Gracias.

Mirna le entregó la hoja. Al verla, Ramón empalideció.

Murmurando algo sobre un bolígrafo se encaminó hacia su despacho.

No lo podía creer. Se pellizcó fuerte y contuvo un grito de dolor. No, no estaba soñando.

Leyó tres veces el escrito.

Todas las palabras, los puntos y las comas se habían mezclado caprichosamente, creando un nuevo texto al que Ramón no veía ni pies ni cabeza:
A MIRNA

estalló una tormenta de besos, caricias de colores y palabras dulces. Llovía amor sobre la tierra, que se estremecía de placer.

Román contemplaba aquello extasiado. Los brazos de Marina Se extendían intentando cazar En sus manos las fugaces caricias que se filtraban por la ventana y, rodando, se escondían Dentro.

las palabras dulces explotaban con suavidad al tocar la tierra yerma y una flor brotaba a cada impacto.

observaron las luces, muriendo entre la arena iridiscente. su cuerpo se Movía en ellas. Marina cerró Los ojos temblando, preguntando a Román en qué acabaría todo.

Arriba, Ráfagas de mentiras cubrieron el cielo, buscando en silencio la solitaria casa.
Ramón, esforzándose para controlar el temblor de su mano, escribió al pie de la hoja:
A Mirna, con afecto de Ramón
Le pareció una dedicatoria vulgar en comparación con aquel texto tan extravagante.

Se preguntó cómo era posible que aquello agradase a Mirna...

Se encogió de hombros y retornó a la salita. Dirigiendo una sonrisa de compromiso a su invitada, pulsó el play del compacto y un nuevo bolero brotó de él:
La última noche que pasé contigo quisiera olvidarla, pero no he podido...
Sobre el papel, las palabras iniciaron un imperceptible movimiento.

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