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Los Premios Talía 2000 - Relato finalista
A Través del Bosque Encantado
Jaime Beleta
El mismo soplo de aire que apaga la llama, aviva la hoguera.
ESCENA I - En el lindero
Se apartó del camino que unía las aldeas y se
acercó al lindero del bosque. Allí se paró
en recogido silencio, con la alforja en la mano, mirando hacia el
interior de la espesura. ¿Se atrevería? Cerró
los ojos y pensó en por qué estaba allí.
Toda una vida. Sinsabores y fracasos. Mi madre podía haber
sido mi refugio, pero nunca la conocí. ¿Cómo
podía hacerlo? Mi padre jamás una palabra de
aliento. Tus hermanos por lo menos hacen por la familia y tu todo
el día soñando y además no quieres casarte.
Acepta de una vez a Jaken y tendremos dos brazos más, que
buena falta nos hacen. Claro, eran tiempos difíciles, las
cosechas escaseaban y padre tenía que preocuparse por el
bienestar de la familia. Sí padre, iré a ver a
Jaken y le diré que quiero ser su esposa. ¡Quiero!
¡Quién sabe lo que yo quiero! Y lo que
quería. Ni yo sé lo que quería.
Pero si que quería una cosa. Quería dar
satisfacción a alguien. Madre siempre ausente, con padre
un fracaso y mira que lo intenté muchas veces y ellos, los
hombres de la familia, en sus cosas, los campos, los animales,
las mujeres que se decía se encontraban siguiendo el
río, el azúcar fermentado. ¡Qué sola e
inútil me sentía! Nalecan, el anciano maestro, que
tantas veces me sermoneaba. Entiéndelo, todo el mundo
tiene una misión en esta vida, tu tienes que aceptar la
tuya, por tu bien y por el bien de todos. A pesar de todo me
enseñó a leer. ¡Y a escribir!
Sí padre, iré a ver a Jaken y le diré que
quiero ser su esposa. Jaken, nunca te hice feliz, nunca satisfice
tus necesidades, nunca te di un hijo, ni siquiera una hija, nunca
fuimos compañeros, solo marido y mujer, comida, limpieza y
placer. ¿Dónde está el placer? Pero
lloré tu muerte y lloré el comentario, casi no
escuchado, el día de tu entierro, mientras la fosa se iba
llenando de puñados de vida. Ahora, por lo menos descansa,
porque para la vida que llevaba. ¿Quién fue el que
dijo eso?
Nunca he servido para nada. Nunca he hecho feliz a nadie. Nunca
he sabido que hago aquí. ¿Una misión Nalecan?
Abrió los ojos y apartó la mirada del bosque, para
volver a dirigirla allí casi inmediatamente.
¡El bosque! El bosque encantado, donde nadie se
atrevía a entrar. Los más valerosos habían
hecho hasta un día de camino, pero nadie había
pasado una noche. El bosque cambia a las personas. Si te quedas
allí nunca más volverás a ser tu. Una vez
había preguntado a Nalecan por el bosque. Mira, es mejor
que no pienses en eso. No había dicho nada más.
Pero las viejas si decían. El bosque está
encantado. El bosque no tiene salida. No hay nada más que
bosque. En el bosque hay cosas terribles. Ni siquiera te
acerques. ¿Y por qué no?
ESCENA II - En el bosque
Sin darse cuenta, la mirada perdida, empezó a andar hacia
el interior del bosque. Una mañana de camino. No estaba
cansada, no sentía sed. De forma mecánica
seguía avanzando. Una tarde de camino. Nunca había
estado tan lejos de la aldea y al final el agotamiento la
venció. ¿Cómo llegué hasta
aquí? Había dormido y tenía hambre y sed.
Comió y bebió de lo que llevaba en la alforja y se
quedó mirando al cielo.
El bosque era espeso, la luz escasa y las copas de los
árboles se juntaban en la altura. El bosque tenía
un aspecto misterioso que hizo resucitar temores ancestrales.
Pensó en volver, pero no se atrevía a moverse. Algo
susurraba en la oscuridad.
Un súbito aleteo la hizo levantar y huir gritando.
Enseguida tropezó con una rama baja. Quiso librarse y se
enredó más, ramas, lianas, arbustos, musgo. El
bosque la sujetó en su mano hasta que dejó de
forcejear y quedó quieta con la respiración
agitada. Oyó ruidos, susurros, silbidos, pasos y un claro
crujido justo enfrente de ella. Alzó la cabeza. Dos ojos
grandes, redondos, la miraban fijamente. Un tímido rayo de
luna se reflejaba en las pupilas negras. Un escalofrío
recorrió su cuerpo.
¿Por qué entré aquí? ¿Qué
va a pasarme? Los ojos seguían inmóviles y
lentamente se acostumbró a ellos. Ahora puedo moverme un
poco. No dejan de mirarme. ¿Son los ojos del bosque?
Más calmada, la presión de las ramas era menos
intensa. ¿Qué quieres? La voz asustó a la
lechuza que salió volando con gran estruendo. Con el
corazón palpitando y de un gesto brusco se libró
del abrazo, cayendo tendida sobre la blanda capa de musgo.
Allí, boca abajo, permaneció inmóvil y
durante toda la noche los terrores del bosque pasaron sobre ella.
Por fin la luz se hizo más clara y supo que había
llegado un nuevo día. Temblando se acercó a la
alforja, a poca distancia y repuso fuerzas. Ahora ha llegado el
momento de volver. Pero ya he pasado una noche y nadie lo
había hecho. ¿Por qué no continuar? La idea
se apoderó de ella. Un desafío. Nadie más
que yo. Y si regreso, ¿para qué? Tomó la
alforja y siguió adelante.
La travesía era difícil. El bosque se iba haciendo
más espeso a medida que avanzaba, hasta que cada paso era
un esfuerzo, pero ella continuaba. Un día y otro
día. Una noche y otra noche. De día avanzaba y
encontraba comida y agua en los riachuelos y de noche el bosque
se le manifestaba. No sabía cuando dormía.
Mucho tiempo después, los ruidos de la noche adquirieron
significado. El silbido del viento que orientaba el camino, los
roedores en las copas de los árboles, los insectos en las
hojas y en las ramas y volando en apretadas nubes y la lechuza
que cada noche la visitaba. Hola Lule. ¿Qué me
cuentas esta noche? Solo una mirada. Pero la mirada
parecía decir algo. Después, antes del amanecer, el
aleteo hacia la oscuridad. Hasta mañana Lule.
Acuérdate de Narae. ¿Volverá? ¿Voy por
el buen camino? ¿Será verdad que el bosque no tiene
fin? ¿Qué estoy haciendo aquí?
Cada vez más adentro, el viaje de Narae parecía
eternizarse, hasta que un día llegó a un
lugar.
Escena III - En la orilla
Un claro. Un enorme claro hasta donde se pierde la vista y un
lago hasta el borde de la línea de árboles. Era de
noche y la luna arrancaba tenues reflejos de las aguas casi
inmóviles. Se acercó a la orilla y se vió en
el agua.
Narae, de la familia Osarta, dieciséis años de
niña y cuatro de mujer. Sucia, despeinada, herida, casi
exhausta. Pero aquí estoy, en la orilla de un lago que
nadie había visto y que nadie sabía que
existía. ¿Cuánto debo llevar andando?
¿Un sonido? Será Lule. Hola Lule.
La lechuza se posó, suave, en una rama junto a Narae y la
miró como siempre. El diálogo mudo de todas las
noches. Pero esta vez no se fue y acompañó a Narae
en la vigilia y el sueño. ¿Cómo tú por
la mañana? ¿Habré llegado a algún
sitio? Si pudieras hablar. Puedo.
La voz de la lechuza, una voz que no era voz, dejó a Narae
petrificada. ¡Me estas hablando! En tu mente. ¿En mi
mente? ¿Eres tú de verdad? Creo que me estas
viendo.
Narae se quedó en la orilla del lago y habló con la
lechuza. Largas conversaciones, solo interrumpidas por el
sueño y cuando la lechuza se retiraba para alimentarse.
Narae también se alimentaba de la orilla del lago, donde
la comida era más fácil. Así, de nuevo,
pasaron días y noches y mucho tiempo. Todos los
días Narae se miraba en el lago, primero a la luz de la
luna y luego a la del sol cegador. Cada día el lago le
devolvía una imagen diferente. Estoy cambiando.
Narae Osarta, veinte años naciendo. Ahora empiezo a ser
yo. No sé aún que hago aquí, pero ya no
tengo miedo. Dime una cosa Lule. ¿Lule? Narae supo que Lule
no volvería. Ya no me importa. Ya no te tengo, pero me
tengo a mí y no necesito nada más. Lule, si es que
has existido, ¡que gran favor me has hecho!
El sol bajo arrastraba las sombras de los árboles por la
superficie del lago. El agua chispeaba de pequeños
brillos. Narae contempló su imagen en el tembloroso espejo
y se vio con una tranquilidad hasta entonces desconocida.
Ahora, ¿qué debo hacer? Puedo quedarme. O volver.
Volver para ser una bruja y aterrorizar a todos.
¿Cuánto hace que en la aldea no hay una hechicera?
Atendida. Respetada. Temida. ¡Pasó un año en
el bosque! ¿Encontré mi misión Nalecan?
Con aire decidido Narae recogió sus cosas. Más
llevo que cuando entré. Solo yo se como conseguirlas y
para que sirven. Ya verán. Narae la hechicera. ¡La
poderosa hechicera! Una mirada hacia el lago. ¿Por
qué he de volver? Vengarme. ¿Pero por qué he
de hacerlo? Mi tiempo. No hacer nada y que me cuiden. No me va a
gustar. ¿Hacer algo por ellos? ¿Qué
podría hacer por madre? Nada, sé que nada. Y padre
que me entregó. Y ellos. Y los otros. Y Nalecan, ¡a
ti casi te quiero! Aún no sé mi misión.
Pero seguro no es eso.
Puedo quedarme aquí. En el bosque, que es mi amigo, Toda
la vida. Sola. ¿Sola? No debo.
También puedo seguir. Ir adelante. Seguro que más
allá del bosque hay algo. Puedo ser otra persona. Siempre
quise llamarme Arane. Ahora puedo hacerlo. Arane Osarta. No queda
bien. Me lo pensaré por el camino, pero Arane sí.
Paseó la vista a lo largo de la interminable orilla. Largo
es rodear el lago. Pero, si no ¿qué? Podría
cruzar bien recto. Por el agua, ¡vaya idea! ¿Y por
qué no?
Escena IV - En el lago
Arane fijo la vista en la orilla opuesta, casi imperceptible en
la lejanía, cargó la alforja al hombro,
dibujó una sonrisa en los labios, entró en el lago
y avanzó, resuelta, hacia su destino.
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