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Dejadme que lo exponga como epílogo, ya que a estas
alturas, nos correspondería hacerlo con más
frecuencia de la que acostumbramos. No es de extrañar,
pues, que de oídas varias se cumplan actos
extraños, e incluso de errores aceptados grandes hechos y
beneficios sin par, ya que el buscar explicación y el
eterno porqué no merece sino el mirar atrás, y
contemplar como otros hicieron aquello que haremos y se ayudaron
de los yerros de algunos más antiguos y, así, hasta
el principio de los Tiempos.
Pues tendríais que saber, sin duda, que en la primavera
del año 1867, se cursó una invitación
oficial para que, con carácter de urgencia y a modo
excepcional, un equipo de excavadores y terroneros
británicos procediera a realizar trabajos de limpieza y
clasificación en el margen izquierdo del río
Yang-Tse, cerca de los agrestes recodos de Hie. La citada
invitación, muy común por aquella época
entre países situados en la órbita política
del Imperio inglés, no lo era tanto en cuanto la
procedencia de la particular, ya que su origen se localizaba
entre las altas esferas de la corte china. Algo raro y que
movió impacientes disputas. Algunos, los más,
opinaban que el Emperador en persona, un hombre cultivado al modo
occidental y de fuertes influencias de carácter
germanófilo, se había interesado por las leyendas
que crecían entre la población acerca de una
civilización o pueblo perdido en la zona en
cuestión, y de la cual no quedaban más que algunos
vestigios en forma de muros de contención y erosionados
monolitos. Aún así, el equipo, y más que
nadie el gobierno de su Majestad en pleno, se afanó por
enviar al grupo de excavadores - que no arqueólogos,
concepto muy distante del anterior -, en un intento más
por acercar su política exterior a la del gigante
asiático que la de poder colaborar en algo que no era de
su inmediato interés.
Así, tras insufrible viaje y detallada observación
de paisajes nunca vistos, arribaron y acamparon sin demora,
poniéndose manos a la obra poco después. Pronto
pudieron comprobar las insospechadas dificultades de la labor:
las penosas obras de descascarillamiento y clasificación
(1) - más por el asfixiante calor que por la pesada rutina
- se alargaron durante todo lo que en occidente llamamos verano y
parte del invierno, hasta que los monzones obligaron a suspender
cautelarmente el proceso. Aquello que prometía apagar la
sed de conocimientos se convirtió en un ahogo lento en el
más inmundo de los cienos. Pero, he aquí que
gracias a esas interminables lluvias, lo que hasta ese momento no
había engendrado más que descontento y
apatía por la escasez de resultados, se convirtió
en una de las mayores sorpresas que los anales de la
excavación sistemática recuerdan: bajo un
montículo de turba apelmazada, apareció un
habitáculo de mampostería y grosera piedra
calcárea, en cuyo interior, y recubiertos de una fina
costra de cristales de sal, yacían montones ordenadamente
apilados de unas máquinas - a juzgar por las partes
móviles que las componían - jamás vistas
hasta el momento. El proceso de embalaje y transporte fue en
extremo complejo e inseguro: algunos de aquellos artilugios no
habían podido soportar el paso del tiempo y se
descompusieron tan pronto entraron en contacto con el
húmedo ambiente, y las que restaban, junto con unos
documentos que, al parecer, explicaban parte de los motivos de su
ostracismo secular, fueron precariamente remitidos a la corte del
curioso emperador, a más de mil quinientos
kilómetros de distancia.
Los trabajos de descifrado, tanto por la lengua empleada - un
dialecto del alto mandarín, y emparentado con el Shia de
la altiplanicie tibetana - como por los ideogramas, un buen
número de los cuales aún era utilizado por diversas
etnias Han, representó la parte más diáfana
y clarificadora del enigmático asunto. El pergamino, cuya
fecha de elaboración era muy posterior al de las
máquinas, narraba la presunta función de aquellos
"molinillos" - pues semejaban molinos de café aunque de
considerables dimensiones - y motivaba, en un tono agrio, su
reclusión y el intento de que fueran destruidos. Uno de
los miembros del equipo tradujo gran parte del texto (2), y,
adaptándolo al estilo florido victoriano, tan en boga en
aquella época, lo tramitó de inmediato a la
Sociedad Científica de Londres, los cuales no pudieron
más que sorprenderse y quedar boquiabiertos ante una
técnica y tecnología tan avanzadas. Más que
el adelanto que suponía, se sospechaba una vía
paralela de desarrollo tecnológico. Es importante
transcribir - más para causa y conocimiento que por mera
curiosidad - parte del escrito en cuestión, para lo que
trataré de respetar al máximo el manuscrito
original. Los anglicismos y literalidades, a algunas de las
cuales ni tan siquiera G. Heinrichs, el autor de la
transcripción, pudo escapar, serán las referidas en
el texto, por lo que remito al lector interesado a la obra
reseñada en el epígrafe (3).
El párrafo empieza relatando la historia de "Yia, hijo
de la lluvia y regente por la voluntad de los que vivimos en su
tiempo. Que en una noche anterior a las lluvias, marcho en su
caballo con la única compañía de Laish, su
mayordomo, que iba tras de él. Su intención era la
de visitar los confines más remotos de su imperio, desde
las llanuras del Jade hasta las fuentes del Hin, y que nadie de
sus antepasados había contemplado aún. Pero el
demonio Hu, la noche, se apareció en medio del trayecto y
confundió las sendas, para que jamás volvieran los
dos a palacio. Yia, tras penurias sin fin, arribó
maltrecho a las tierras en las que moraban unos extraños
habitantes, de lengua ininteligible y de orondas formas, los
cuales le trataron con honores de príncipe y curaron sus
heridas. Tras varias semanas, los amables campesinos le indicaron
el camino de regreso, llegando Yia sano y salvo a su corte."
Quizá, advierte el prestigioso etnólogo B. Wallace,
se tratara de alguna tribu mongol, con la cual el príncipe
se habría topado por casualidad. Sigue el relato con
"las intenciones de Yia, una vez de regreso, de agradecer el
trato recibido y llamó a sus consejeros para que buscaran
la solución, un proyecto que permitiera comunicar al
Emperador con todos los pueblos que moraban bajo su
protección, sin distinción ni de lenguas ni de
aspecto, dándoles un año de plazo para concretarlo.
[...] Se presentaron los chambelanes con una máquina de
aspecto extraño, como no se había visto nunca, y
que por un sistema de cordaje extraordinariamente tensado
aplicado a finas láminas de bambú, poseía la
rara virtud de reproducir las palabras pronunciadas en presencia
de este objeto, siempre y cuando un hombre accionara la manivela
en el sentido de la puesta del sol. En sentido contrario, eran
las voces las que quedaban grabadas para siempre en el objeto. El
príncipe le puso el nombre de Mai-Jan, que significa Eco
del Dragón".
Y continúa "fueron enviados emisarios a todos los
puntos cardinales, y el Emperador dejo perennes mensajes y
comunicados en todas las lenguas, los cuales fueron reproducidos
con éxito en todos los rincones y en las aldeas, menos en
uno. Por que en una insignificante aldea más allá
de los bosques de Porcelana, los emisarios, una vez reunida la
población aldeana en un eral para que escucharan la Voz
sagrada, fueron incapaces de que el trebejo dejara escapar sonido
alguno, pese a los desesperados intentos de sus portadores. Lo
probaron una y otra vez, un día y otro, y los portadores
se sucedían por turnos cuando el anterior caía
agotado de tanto darle vueltas al manubrio, mientras observaban
alarmados la paulatina pérdida de paciencia de los
campesinos. Al quinto día, los habitantes de la Porcelana
se dijeron a si mismos que ya era suficiente, agarraron a los
desafortunados portadores y les cortaron la cabeza y las manos, y
pusieron las manos dentro de las bocas abiertas de las cabezas
cortadas, y las amarraron a un asno que las devolvió por
donde habían venido."
Hasta aquí, se puede observar la desmesurada crueldad de
aquellos moradores, y, aunque a primera vista parecen
bárbaros e incivilizados, no lo eran tanto, ya que
"contemplaron, una vez eliminados aquellos sujetos que no
dejaban de sudar y berrearse los unos a los otros, el
extraño aparejo que yacía caído en el suelo.
Uno de ellos lo abrió, e instintivamente, lo volvió
a cerrar, dándole giros constantes a la manivela como si
llevara toda una vida haciéndolo. Y una vez terminado,
giró, como si también llevara toda la vida
haciéndolo, el manubrio en sentido contrario, comprobando
que su mensaje era en verdad lo que deseaba decir. Lo ató
a otro asno, y lo envió tras las cabezas de los emisarios,
que contemplaban con los ojos abiertos nada y todo a la
vez."
Se ha especulado mucho sobre el contenido de aquel mensaje grabado, y
las consecuencias no se hicieron esperar. El príncipe,
espantado, mandó enterrar todos los ejemplares de los que
disponía y que la Naturaleza se encargara de destruirlos,
tal como ella misma los había creado a través del
intelecto humano. Más ¿qué decía el
mensaje? Borrows (4) opina que era un aviso, una especie de
advertencia, mientras que la escuela alemana, con Gartnerish a la
cabeza, opina que era un saludo de los pobladores, eso sí,
a su manera. Personalmente, me inclino más por la primera
opinión, ya que la actitud claramente hostil de la tribu y
el refinamiento en la ejecución de los funcionarios reales
así parecen dejarlo patente. El mismo Borrows posee,
gracias a una visita muy poco ortodoxa a la biblioteca popular de
Beijing, pasajes inconclusos del texto, a los cuales y mediante
otras referencias, cercanas a fuentes orales de tribus vecinas,
pueden aproximarse a las verdaderas palabras que dictó el
salvaje cacique.
Que cada uno saque las conclusiones que quiera, y trace los
paralelismos que le vengan en gana, pero, a mi entender, dan fe
de que la historia se repite y de que el mundo gira siempre para
volver al punto de partida. El mensaje en cuestión
exponía, más o menos, las siguientes arcanas y
oscuras advertencias:
"Para Aquel que debe mandar más:
Tus hijos han dado vueltas hasta que no han podido más.
Por eso, y sin otro motivo que te incline a creer
erróneamente la conveniencia de la guerra entre nosotros,
se ha cumplido lo que dictó el consejo: terminar de una
vez con su sufrimiento. Daban vueltas, y más vueltas, y no
había modo de que aquello cantara. ¿Tan Soberbio
hombre existe, y tan Magno el Poder de sus Palabras, que sus
súbditos no pueden ni cargar con ellas? ¿Tan tenso y
agudo su ingenio, que ni la fuerza de cinco hombres es capaz de
liberarla? Tiene, a fe nuestra, que ser un infierno el serviros,
y asi les hemos librado de aquel.
Asímismo, os rogamos que prescindais de daros a conocer.
Así hicimos nosotros en su momento, y creednos, más
felices vivimos sin creer en la necesidad de hablar de nosotros
mismos a quien no quiere saber de aquello que ya conoce, puesto
que es hombre como nosotros. Observad: si lo contrario opinais,
sabed que el ignorante os temerá y el temor se
tornará odio. Y, por un igual, el sabio os odiará y
la desconfianza en torno al temor girará. Si algo quiere
el que quiere, es sentirse él mismo y no parte de nada.
Por cierto...¿cómo andan vuestras reservas de perejil
y clavo? Os mandamos una cierta cantidad en el interior de
vuestras máquinas, para que podáis calibrar su
aroma e inconfundible sabor, y que seguro resultará
imprescindible en vuestra mesa. Si algo interesante
poseéis, venid. Negociaremos.
Nuestras disculpas y nuestros lamentos para con los familiares de
vuestros hijos."
No hay nada que añadir al relato en cuestión.
Aunque, y en eso estamos de acuerdo, el tiempo enseña que
la búsqueda en el exterior comprende proveer una ofrenda a
cambio de lo posiblemente obtenido. Pero, sobre el proveer o no,
me limito a no comparar opiniones. Me quedo con la mía, y
no advierto la necesidad de las demás.
Notas de epígrafe:
1.- "¡¡¡Si nos hubieran pillao!!!."
O.u. Vol II 1956. 3a edición.
2.- "That's is incohomprensible, but I write I would"
Ed. Autopse. Pág 87. 1967.
3.- "De lo indescifrable" Trad. Valentín Sopena.
Ed. ¿Quién anda ahí? 1956. Pág.34.
4.- "What about the savages?" Vol 3.
Pág.565. Bayerische Museum. 1987
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