principal
la galería
el taller
portada

los cuadernos
et cetera
enlaces

MensaMensaEspaña

escríbenos


Los Premios Talía 2000 - Relato finalista


Cadencia en Blanco

Jan Dismas Zelenka

Dejadme que lo exponga como epílogo, ya que a estas alturas, nos correspondería hacerlo con más frecuencia de la que acostumbramos. No es de extrañar, pues, que de oídas varias se cumplan actos extraños, e incluso de errores aceptados grandes hechos y beneficios sin par, ya que el buscar explicación y el eterno porqué no merece sino el mirar atrás, y contemplar como otros hicieron aquello que haremos y se ayudaron de los yerros de algunos más antiguos y, así, hasta el principio de los Tiempos.

Pues tendríais que saber, sin duda, que en la primavera del año 1867, se cursó una invitación oficial para que, con carácter de urgencia y a modo excepcional, un equipo de excavadores y terroneros británicos procediera a realizar trabajos de limpieza y clasificación en el margen izquierdo del río Yang-Tse, cerca de los agrestes recodos de Hie. La citada invitación, muy común por aquella época entre países situados en la órbita política del Imperio inglés, no lo era tanto en cuanto la procedencia de la particular, ya que su origen se localizaba entre las altas esferas de la corte china. Algo raro y que movió impacientes disputas. Algunos, los más, opinaban que el Emperador en persona, un hombre cultivado al modo occidental y de fuertes influencias de carácter germanófilo, se había interesado por las leyendas que crecían entre la población acerca de una civilización o pueblo perdido en la zona en cuestión, y de la cual no quedaban más que algunos vestigios en forma de muros de contención y erosionados monolitos. Aún así, el equipo, y más que nadie el gobierno de su Majestad en pleno, se afanó por enviar al grupo de excavadores - que no arqueólogos, concepto muy distante del anterior -, en un intento más por acercar su política exterior a la del gigante asiático que la de poder colaborar en algo que no era de su inmediato interés.

Así, tras insufrible viaje y detallada observación de paisajes nunca vistos, arribaron y acamparon sin demora, poniéndose manos a la obra poco después. Pronto pudieron comprobar las insospechadas dificultades de la labor: las penosas obras de descascarillamiento y clasificación (1) - más por el asfixiante calor que por la pesada rutina - se alargaron durante todo lo que en occidente llamamos verano y parte del invierno, hasta que los monzones obligaron a suspender cautelarmente el proceso. Aquello que prometía apagar la sed de conocimientos se convirtió en un ahogo lento en el más inmundo de los cienos. Pero, he aquí que gracias a esas interminables lluvias, lo que hasta ese momento no había engendrado más que descontento y apatía por la escasez de resultados, se convirtió en una de las mayores sorpresas que los anales de la excavación sistemática recuerdan: bajo un montículo de turba apelmazada, apareció un habitáculo de mampostería y grosera piedra calcárea, en cuyo interior, y recubiertos de una fina costra de cristales de sal, yacían montones ordenadamente apilados de unas máquinas - a juzgar por las partes móviles que las componían - jamás vistas hasta el momento. El proceso de embalaje y transporte fue en extremo complejo e inseguro: algunos de aquellos artilugios no habían podido soportar el paso del tiempo y se descompusieron tan pronto entraron en contacto con el húmedo ambiente, y las que restaban, junto con unos documentos que, al parecer, explicaban parte de los motivos de su ostracismo secular, fueron precariamente remitidos a la corte del curioso emperador, a más de mil quinientos kilómetros de distancia.

bar


Los trabajos de descifrado, tanto por la lengua empleada - un dialecto del alto mandarín, y emparentado con el Shia de la altiplanicie tibetana - como por los ideogramas, un buen número de los cuales aún era utilizado por diversas etnias Han, representó la parte más diáfana y clarificadora del enigmático asunto. El pergamino, cuya fecha de elaboración era muy posterior al de las máquinas, narraba la presunta función de aquellos "molinillos" - pues semejaban molinos de café aunque de considerables dimensiones - y motivaba, en un tono agrio, su reclusión y el intento de que fueran destruidos. Uno de los miembros del equipo tradujo gran parte del texto (2), y, adaptándolo al estilo florido victoriano, tan en boga en aquella época, lo tramitó de inmediato a la Sociedad Científica de Londres, los cuales no pudieron más que sorprenderse y quedar boquiabiertos ante una técnica y tecnología tan avanzadas. Más que el adelanto que suponía, se sospechaba una vía paralela de desarrollo tecnológico. Es importante transcribir - más para causa y conocimiento que por mera curiosidad - parte del escrito en cuestión, para lo que trataré de respetar al máximo el manuscrito original. Los anglicismos y literalidades, a algunas de las cuales ni tan siquiera G. Heinrichs, el autor de la transcripción, pudo escapar, serán las referidas en el texto, por lo que remito al lector interesado a la obra reseñada en el epígrafe (3).

El párrafo empieza relatando la historia de "Yia, hijo de la lluvia y regente por la voluntad de los que vivimos en su tiempo. Que en una noche anterior a las lluvias, marcho en su caballo con la única compañía de Laish, su mayordomo, que iba tras de él. Su intención era la de visitar los confines más remotos de su imperio, desde las llanuras del Jade hasta las fuentes del Hin, y que nadie de sus antepasados había contemplado aún. Pero el demonio Hu, la noche, se apareció en medio del trayecto y confundió las sendas, para que jamás volvieran los dos a palacio. Yia, tras penurias sin fin, arribó maltrecho a las tierras en las que moraban unos extraños habitantes, de lengua ininteligible y de orondas formas, los cuales le trataron con honores de príncipe y curaron sus heridas. Tras varias semanas, los amables campesinos le indicaron el camino de regreso, llegando Yia sano y salvo a su corte."

Quizá, advierte el prestigioso etnólogo B. Wallace, se tratara de alguna tribu mongol, con la cual el príncipe se habría topado por casualidad. Sigue el relato con "las intenciones de Yia, una vez de regreso, de agradecer el trato recibido y llamó a sus consejeros para que buscaran la solución, un proyecto que permitiera comunicar al Emperador con todos los pueblos que moraban bajo su protección, sin distinción ni de lenguas ni de aspecto, dándoles un año de plazo para concretarlo. [...] Se presentaron los chambelanes con una máquina de aspecto extraño, como no se había visto nunca, y que por un sistema de cordaje extraordinariamente tensado aplicado a finas láminas de bambú, poseía la rara virtud de reproducir las palabras pronunciadas en presencia de este objeto, siempre y cuando un hombre accionara la manivela en el sentido de la puesta del sol. En sentido contrario, eran las voces las que quedaban grabadas para siempre en el objeto. El príncipe le puso el nombre de Mai-Jan, que significa Eco del Dragón".

Y continúa "fueron enviados emisarios a todos los puntos cardinales, y el Emperador dejo perennes mensajes y comunicados en todas las lenguas, los cuales fueron reproducidos con éxito en todos los rincones y en las aldeas, menos en uno. Por que en una insignificante aldea más allá de los bosques de Porcelana, los emisarios, una vez reunida la población aldeana en un eral para que escucharan la Voz sagrada, fueron incapaces de que el trebejo dejara escapar sonido alguno, pese a los desesperados intentos de sus portadores. Lo probaron una y otra vez, un día y otro, y los portadores se sucedían por turnos cuando el anterior caía agotado de tanto darle vueltas al manubrio, mientras observaban alarmados la paulatina pérdida de paciencia de los campesinos. Al quinto día, los habitantes de la Porcelana se dijeron a si mismos que ya era suficiente, agarraron a los desafortunados portadores y les cortaron la cabeza y las manos, y pusieron las manos dentro de las bocas abiertas de las cabezas cortadas, y las amarraron a un asno que las devolvió por donde habían venido."

Hasta aquí, se puede observar la desmesurada crueldad de aquellos moradores, y, aunque a primera vista parecen bárbaros e incivilizados, no lo eran tanto, ya que "contemplaron, una vez eliminados aquellos sujetos que no dejaban de sudar y berrearse los unos a los otros, el extraño aparejo que yacía caído en el suelo. Uno de ellos lo abrió, e instintivamente, lo volvió a cerrar, dándole giros constantes a la manivela como si llevara toda una vida haciéndolo. Y una vez terminado, giró, como si también llevara toda la vida haciéndolo, el manubrio en sentido contrario, comprobando que su mensaje era en verdad lo que deseaba decir. Lo ató a otro asno, y lo envió tras las cabezas de los emisarios, que contemplaban con los ojos abiertos nada y todo a la vez."

bar


Se ha especulado mucho sobre el contenido de aquel mensaje grabado, y las consecuencias no se hicieron esperar. El príncipe, espantado, mandó enterrar todos los ejemplares de los que disponía y que la Naturaleza se encargara de destruirlos, tal como ella misma los había creado a través del intelecto humano. Más ¿qué decía el mensaje? Borrows (4) opina que era un aviso, una especie de advertencia, mientras que la escuela alemana, con Gartnerish a la cabeza, opina que era un saludo de los pobladores, eso sí, a su manera. Personalmente, me inclino más por la primera opinión, ya que la actitud claramente hostil de la tribu y el refinamiento en la ejecución de los funcionarios reales así parecen dejarlo patente. El mismo Borrows posee, gracias a una visita muy poco ortodoxa a la biblioteca popular de Beijing, pasajes inconclusos del texto, a los cuales y mediante otras referencias, cercanas a fuentes orales de tribus vecinas, pueden aproximarse a las verdaderas palabras que dictó el salvaje cacique.

Que cada uno saque las conclusiones que quiera, y trace los paralelismos que le vengan en gana, pero, a mi entender, dan fe de que la historia se repite y de que el mundo gira siempre para volver al punto de partida. El mensaje en cuestión exponía, más o menos, las siguientes arcanas y oscuras advertencias:

"Para Aquel que debe mandar más:
Tus hijos han dado vueltas hasta que no han podido más. Por eso, y sin otro motivo que te incline a creer erróneamente la conveniencia de la guerra entre nosotros, se ha cumplido lo que dictó el consejo: terminar de una vez con su sufrimiento. Daban vueltas, y más vueltas, y no había modo de que aquello cantara. ¿Tan Soberbio hombre existe, y tan Magno el Poder de sus Palabras, que sus súbditos no pueden ni cargar con ellas? ¿Tan tenso y agudo su ingenio, que ni la fuerza de cinco hombres es capaz de liberarla? Tiene, a fe nuestra, que ser un infierno el serviros, y asi les hemos librado de aquel.

Asímismo, os rogamos que prescindais de daros a conocer. Así hicimos nosotros en su momento, y creednos, más felices vivimos sin creer en la necesidad de hablar de nosotros mismos a quien no quiere saber de aquello que ya conoce, puesto que es hombre como nosotros. Observad: si lo contrario opinais, sabed que el ignorante os temerá y el temor se tornará odio. Y, por un igual, el sabio os odiará y la desconfianza en torno al temor girará. Si algo quiere el que quiere, es sentirse él mismo y no parte de nada. Por cierto...¿cómo andan vuestras reservas de perejil y clavo? Os mandamos una cierta cantidad en el interior de vuestras máquinas, para que podáis calibrar su aroma e inconfundible sabor, y que seguro resultará imprescindible en vuestra mesa. Si algo interesante poseéis, venid. Negociaremos.

Nuestras disculpas y nuestros lamentos para con los familiares de vuestros hijos."


No hay nada que añadir al relato en cuestión. Aunque, y en eso estamos de acuerdo, el tiempo enseña que la búsqueda en el exterior comprende proveer una ofrenda a cambio de lo posiblemente obtenido. Pero, sobre el proveer o no, me limito a no comparar opiniones. Me quedo con la mía, y no advierto la necesidad de las demás.

bar


Notas de epígrafe:

1.- "¡¡¡Si nos hubieran pillao!!!." O.u. Vol II 1956. 3a edición.
2.- "That's is incohomprensible, but I write I would" Ed. Autopse. Pág 87. 1967.
3.- "De lo indescifrable" Trad. Valentín Sopena. Ed. ¿Quién anda ahí? 1956. Pág.34.
4.- "What about the savages?" Vol 3. Pág.565. Bayerische Museum. 1987


  arriba