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Los Premios Talía 2000 - Relato finalista


Rabia Contenida

Anónimo

Tras la recepción hecha por las nubes negras venidas del océano, la gris muralla se abre y el odio del funcionario me lleva hasta ti. Una larga hora hablando con tu imagen borrosa, haciéndome creer que estás bien; huellas de arrepentimiento estéril en tus palabras y dejando entrever que no serás ya más el muchacho que entró en este agujero, que estas paredes te cambiarán para siempre y, que de vuelta a casa, temes que todo lo que te rodeó de joven te resulte extraño y desconocido.

El tiempo se nos agota; quiero escapar de allí, ese ambiente me ahoga y a decir verdad no sé si volveré, a fin de cuentas no eres más que un amigo al que veía de vez en cuando y no puedo ni quiero comprender que hicieras lo que aquí te ha llevado.

El funcionario me acompaña hasta la salida y las puertas se cierran haciendo un ruido insoportable de hierros oxidados.

Las nubes que me hicieron la recepción liberan la lluvia que tenían presa encima de mí. Voy corriendo hasta la parada de autobús y allí me siento. Pasan los minutos pero ni rastro del autobús y no tengo modo alguno de saber cuándo vendrá para poder largarme de ese sitio tan deprimente. Esta maldita cárcel está lejos de todas partes y no sería nada raro que no apareciera hasta la tarde.

Saco el libro que traía conmigo de la bolsa aunque no tengo demasiadas ganas de leer. Unos diez minutos más tarde alguien llega hasta la marquesina; lleva una mochila grande; se acerca hasta donde estoy y se sienta a mi derecha. Yo, como si nadie hubiera venido, sigo con la lectura.

Me pide un cigarro; yo, casi sin mirarle le digo que no fumo, me da la impresión de que es un preso que acaba de salir en libertad.

Al parecer arde en deseos de hablar; me cuenta que sale hoy a la calle por primera vez en seis años, que ha estado en la cárcel por cargarse a uno de sus mejores amigos en una pelea, que la vida entre rejas, a pesar de ser muy dura, le ha servido para hacerse un hombre y que lo peor le viene ahora que tiene que ocuparse de buscar casa, trabajo y demás.

No le hago demasiado caso a lo que dice, estoy concentrado en su aspecto; es muy joven aunque en su rostro son visibles las huellas de los años pasados en la cárcel, tiene el pelo largo y el bigote no puede esconder la cicatriz que atraviesa toda la zona entre la nariz y el labio superior, ¡vete a saber cómo se la hizo!; observo todo esto mientras me veo reflejado en su ojo de cristal. No es muy agradable lo que tengo a la vista pero, sin embargo no me parece que sea un tipo peligroso, incluso me parece simpático.

Le pregunto por el amigo que acabo de dejar dentro pero no parece conocerle, los gitanos no se mezclan con el resto de los presos, tienen sus propias reglas y costumbres.

bar


La lluvia va escampando poco a poco y los primeros rayos de sol del día encienden el arco iris. Ambos nos quedamos mirándolo, es tan maravilloso que ninguno de los dos pronunciamos palabra alguna; no dura demasiado en el cielo. Tan pronto desaparece continuamos charlando. Tan pronto me pregunta qué fue lo que hizo mi amigo para que lo encerraran un coche rojo aparece a toda velocidad frenando bruscamente junto a la marquesina; son amigos suyos que han venido a recogerle. Este me ofrece ir con ellos, podrían pasar horas hasta que pasara por allí el autobús. Ambos entramos en el coche; los de dentro no dicen nada al verme entrar. El del ojo de cristal hace las presentaciones, pocos segundos después olvido los nombres de todos, no creo que les vuelva a ver nunca y no me interesa saber nada de ellos, ¡vaya pinta tienen! Para asustar a cualquiera.

El conductor no para de mirarme por el espejo; me está poniendo bastante nervioso, no sé que intenciones se esconden detrás de esa mirada, puede ser que no le haga demasiada gracia que vaya con ellos.

El que está al lado del conductor enciende la radio, tan alta como puede, todo retumba dentro del coche, parece que los cristales van a estallar. Uno de los que va detrás conmigo me pasa un porro encendido, aunque no me guste demasiado le doy un par de caladas, quizás no le hubiera sentado bien que lo rechazara y además ¡qué demonios!, tiene buen sabor.

Las ventanillas están cerradas y en poco tiempo el habitáculo se llena de humo; me empiezo a marear, por suerte quitan la radio. Querría pedirles que bajaran alguna ventanilla pero no me atrevo a decir nada, están metidos de lleno hablando de sus cosas, de que la mayoría de los de su cuadrilla están en el cementerio o en la cárcel y los que todavía quedan fuera andan bastante jodidos. Comentan muy orgullosos todos los detalles de un atraco perpetrado en Portugal, no sé cuántos millones han conseguido robar y por lo que hablan ahora es momento de buscar un sitio tranquilo para esconderse.

Entonces me doy cuenta. Si han robado un banco, ¿Por qué no iban a robarme a mí?, ¡Mierda!, soy un imbécil, ¿Cómo no me he dado cuenta?, se lo he puesto en bandeja.

Acabamos de pasar por la estación de tren; allí mismo tendría que haberme bajado para tomar el tren de vuelta a casa pero aunque les ruego que paren para bajar no se detienen; está más que claro; me llevan a algún descampado sin testigos para robarme todo y eso si es que tengo suerte. Como bien ha dicho el del ojo de cristal, ha estado en la cárcel por matar a un amigo y, si ha sido capaz de matar a su mejor amigo, le resultara mucho más fácil matarme a mí, a fin de cuentas nos acabamos de conocer.

Estos pensamientos junto al humo me marean, les suplico que paren, siento nauseas y por la frente me caen gotas de sudor frío, pero a ellos les tiene sin cuidado, no me hacen caso alguno.

No puedo más; las nauseas son insoportables y vomito encima del que me ofreció el porro, ¡qué asco!, el tío ha empezado a gritar. Pienso que me va a matar allí mismo de un momento a otro. El conductor detiene el coche, estamos fuera de la ciudad. No me encuentro nada bien y tan pronto abren la puerta me sacan a rastras del coche. Al que le he vomitado en los pantalones me empieza a dar patadas en la cabeza y en la cara mientras los demás ríen. Cuando para de pegarme siento el sabor de la sangre en mis labios, no puedo levantarme, uno de ellos me pisa fuertemente la mano. Todavía tengo la bolsa en la otra pero me la arrancan de los dedos violentamente; casi no tengo nada dentro de ella, un libro barato, las gafas, una botella de agua vacía y el dinero para el viaje de vuelta, poco más de tres mil pesetas. Seguramente se enfadarán al comprobar que casi no tengo dinero, me van a partir la cara, ¿Es que nadie va a ayudarme?

Tras quitarme la bolsa y sacar todo lo que había en ella, me han roto las gafas y me han vuelto a dar otra vez en la cabeza con el libro. Es el turno de la paliza. Me acurruco para que no me den más en la cabeza pero no recibo más golpes; creerán que ya he recibido suficiente, sobre todo por lo fácil que se lo he puesto. Se meten en el coche y se marchan de allí dejándome tirado en el suelo. Intento levantarme, siento mareos y apenas puedo mantenerme en pie; tengo tres uñas arrancadas y probablemente algún dedo y diente roto, ¡malditos bastardos malnacidos!, la impotencia me corroe por dentro, siento deseos de matar.

Poco a poco me dirijo a la ciudad, pensando en si merecerá la pena denunciar lo que me ha ocurrido; cosas como ésta ocurren a diario y parece que nadie hace nada. Será mejor que vuelva a casa y trate de olvidar lo ocurrido; sigo vivo y eso es lo más importante, algo que no tenía nada claro antes de que se fueran en el coche, pero eso sí, al fin he logrado comprender por qué el amigo que tengo en la cárcel hizo lo que hizo.

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