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El dios judeo-cristiano se estiró cuanto pudo, que era mucho, y rozó el infinito. El fulgor que desprendían las estrellas creaba, a la velocidad de la luz, autopistas por las que su mente se adelantaba al trazado generando pensamientos vertiginosos. Saber quién era no le resultaba nada fácil en esas circunstancias: la ausencia de un semejante le impedía reconocer dónde se acababa y, sin límites que lo definieran, encontraba serias dificultades para formarse una clara idea de sí mismo.
En ocasiones –para sustraerse a esta desasosegante experiencia–, Dios solía adoptar alguna de las formas con las que era representado. Convertirse en un triángulo con un ojo central, por ejemplo, le gustaba especialmente, un símbolo no ofrecía dudas acerca de su naturaleza, era un símbolo, aunque pudiera discutirse su significado. Otra de sus figuras favoritas era la del anciano honorable que le atribuían como padre de la humanidad (encontraba reconfortante estar hecho a imagen y semejanza de alguien). Los humanos habían insistido una y otra vez en representarlo como a un hombre ignorando el hecho de que, al ser eterno y no necesitar reproducirse, los atributos sexuales, en su caso, resultaban superfluos. En relación con su función paternal, sin embargo, y más allá de los sencillos placeres que le proporcionaba su aspecto masculino, había un punto con el que no estaba satisfecho.
En un principio había confiado en que, una vez proporcionadas las tablas de la ley y muestras suficientes de poder como para que pudieran temerlo, los humanos repararían en cualidades suyas más cercanas, pero no, lo habían relegado al cielo –junto con los truenos y los relámpagos– y habían reservado las virtudes más amables para la madre tierra, toda fertilidad y bondades En justicia, no creía haber salido beneficiado con este reparto de funciones. Además de ingrato (y perjudicial para su reputación), el papel que le había tocado desempeñar en las escrituras lo había obligado a elegir entre reprimirse o manifestarse en plenitud. Y defraudar las expectativas puestas en él, incluso para el espíritu divino, resultaba muy duro. Sí, porque estaba la cuestión de los sentimientos. Un ser susceptible de experimentarlos, por un mínimo de coherencia, no podía elegir entre los placenteros y los otros, lo conmovían todos. Y lo cierto es que algunas de sus emociones resultaban difíciles de sobrellevar... El hecho de estar constituido por una trinidad, por ejemplo, no lo libraba de experimentar cierta sensación de soledad. Salvando las distancias con los humanos, existía una similitud entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y el cuerpo, la mente y el alma de las personas: los tres formaban un todo indivisible. Así, imposibilitado de comunicarse entre las partes que lo componían, Dios pasaba los días echado boca abajo sobre el cielo, escuchando unas peticiones entre las que nunca ascendía una pregunta: ¿Cómo estás? ¿Cómo te encuentras? Por no hablar –y nunca mejor dicho– de las almas congregadas en el paraíso que ocupaban la eternidad en la contemplación extasiada y silenciosa de su espíritu.
Cierto es que la soledad favorecía los procesos creativos, pero, tratándose de él, la oportunidad de crear apenas si se había prolongado durante siete días (según los evolucionistas, menos, solo el instante del big bang), de modo que, privado de las distracciones que proporciona el ocio creativo, tenía que admitir –y aquí Dios disimuló un rubor detrás de una nebulosa– que en su situación había poco qué hacer, excepto escuchar. Si introducía en la tierra un elemento extraño a la vida humana –si realizaba un acto divino–, trastocando el orden natural de las cosas, podía acabar perjudicando a terceros ajenos a la súplica respondida. Por ese motivo, y por mucho que se sintiera tentado de intervenir (sobre todo para sentirse útil, productivo) se privaba invariablemente de ello.
Sumido en un cielo de dudas, Dios tenía clara conciencia, sin embargo, de que los cuestionamientos filosóficos en su situación constituían un ejercicio arriesgado. Sin ir más lejos –y este era un terreno minado para las reflexiones–, si él era omnipotente, es decir, lo podía todo, ¿por qué no había creado a un igual que le hiciera compañía?
Mientras ensayaba una respuesta, una estrella extraordinariamente luminosa parpadeó de un modo alarmante.
¿Porque hubiera dejado de ser único?
La explosión iluminó la galaxia a partir de un punto de luz que se expandió formando una circunferencia alrededor de la supernova que había estallado. Hizo esto en silencio, hasta que las ondas de sonido se propagaron tras ella y le dieron alcance. Por un mero acto reflejo, el espíritu palpó la forma que llevaba puesta en ese momento. Seguía existiendo. Sobre la pizarra del agujero negro recién creado, la luz que aún enceguecía su mente le desveló una verdad cercana: algunos de sus atributos se anulaban al entrar en contradicción con otros. En consecuencia, o era único o era omnipotente. O era inmutable o era perfecto: un Dios irascible que destruía ciudades no podía evolucionar desde ese estadio al de padre solícito del nuevo testamento sin renunciar a su inmutabilidad (pero la coexistencia de ambos rasgos en su carácter lo convertían en un ser imperfecto). Del mismo modo, si algunos de sus atributos eran falsos, su condición de verdadero se volvía insostenible y el resultado seguía siendo la imposibilidad de definirse como la suma de sus atributos. Entonces ...
¿Quién era él?
¿De dónde venía?
Mientras se sentía irremisiblemente atraído por la enorme concentración de masa del agujero negro –que había comenzado a ejercer su fuerza gravitatoria sobre todo cuanto lo rodeaba–, Dios alcanzó a formularse una pregunta más, un concepto de última hora, una idea novedosa, algo relacionado con el sentido de la existencia.
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